Hay nombres que se escriben con la firmeza del acero y la suavidad del bálsamo. En la historia de la medicina y la Revolución cubana, el de Eduardo Bernabé Ordaz Ducungé —cariñosamente conocido como «Bernabelito»— resplandece como un símbolo de humanismo inabarcable. Este 13 de octubre, al conmemorarse un nuevo aniversario de su nacimiento en San Antonio de los Baños, el «pueblo del río» y Cuba entera recuerdan al hombre que demostró que el mayor acto de rebeldía es, precisamente, la ternura.
Nacido en 1921 bajo el cielo del Ariguanabo, Ordaz forjó su carácter en la lucha. Desde muy joven, su voz se alzó contra la tiranía de Batista. Fue un líder natural: presidente del Instituto de Segunda Enseñanza de Marianao y figura clave en la Secretaría de la FEU.
Su compromiso no fue solo de palabras; su piel conoció el rigor de las celdas en 13 ocasiones, pasando por el Castillo del Príncipe y La Cabaña. Graduado de Medicina en 1951 con especialidad en Anestesiología, Ordaz entendió pronto que su misión no solo era dormir el dolor del cuerpo, sino despertar la dignidad del alma.
Aunque ocupó altas responsabilidades políticas como Diputado al Parlamento, presidente de la Comisión de Salud y Medio Ambiente, y delegado a los Congresos del Partido, la obra que lo inmortalizó fue su dirección por casi 45 años del Hospital Psiquiátrico de La Habana.
Antes de 1959, aquel lugar era sinónimo de olvido, hambre y maltratos. Bajo la guía de Ordaz, «Mazorra» se transformó en un modelo de rehabilitación humana. Él no veía «locos», veía seres humanos que necesitaban respeto, trabajo útil y arte. Su gestión fue tan impecable que la Organización Panamericana de la Salud (OPS) le otorgó el Premio de Administración en 1997. Fiel a su ética mambisa, los 5 000 dólares del premio fueron donados íntegramente por él al sistema de salud de su patria.
Héroe Nacional del Trabajo y propuesto en su momento para el Premio Nobel de la Paz, Bernabé Ordaz fue un guerrillero que cambió el fusil por la bata blanca para librar la batalla más difícil: la de la reinserción social de los enfermos mentales.
Hoy, el hospital que dirigió lleva su nombre como un recordatorio eterno. Al recordar su natalicio, San Antonio de los Baños no solo celebra a un hijo ilustre, sino a un hombre que nos enseñó que la verdadera política es el servicio y que la medicina, si no tiene amor, es solo técnica.
- La ternura del guerrillero que sanó almas - 13 de octubre de 2026
