Toda madre debiera llamarse Maravilla, así escribió Martí sobre las madres. Cuanto amor tenía en el pecho para Leonor, cuanto no sufrió por estar lejos de ella en momentos difíciles.
Mi madre: el débil resplandor te baña
De esta mísera luz con que me alumbro,
Y aquí desde mi lecho
Te miro, y no me extraña-
Si tú vives en mí- que venga estrecho
A mi gigante corazón mi pecho.
Asi lo plasmó en el poema titulado “Madre mía”.
Como adulto Martí vivió relativamente muy poco tiempo con sus padres. Grandes fueron los empeños de Martí para poderla tener a su lado, a Doña Leonor, aunque fuese temporalmente, y el haberlo podido lograr lo llenó de un gran regocijo. Así se lo confesó al amigo en otra misiva fechada en noviembre de 1887: “Solo una palabra, y por rareza feliz. Mamá está conmigo. Ha venido a hacerme la visita de dos meses, que procuré en tanto tuve un peso libre en estas arcas mías, donde andan los pesos como los garbanzos en la olla que daba a sus pupilos el maestro del Gran Tacaño”
También comentó a Mercado lo que representaba esta visita de la autora de sus días: “Esa es sin dudas la salud repentina que todos me notan. Al fin pude hacerla venir, por unos dos meses”. Y agregaba: “Con la vida de trabajos que llevo, apenas tengo hora libre de la noche para verla, pero esto me basta para sentir menos frío en las manos y volver cada día con más estímulo a la faena.” Trátamela bien, que ya ves no tiene hijo. El que le dio la naturaleza está empleando los últimos años de su vida en ver cómo salva a la madre mayor.”
Y años después cuando ya estaba cerca el llamado de la Guerra Necesaria que con tanto afán y entrega organizó, no dejó de pensar en su madre y preocuparse por su futuro. Sobre ello escribió en carta a Juan Santos Fernández, compañero de lucha de Martí entre los emigrados de Estados Unidos, desde Cayo Hueso, en noviembre de 1892,: “Gozo en agradecer y en saber que el viaje por el mundo no ha logrado sacar la piedad de tu corazón. Sé lo que haces por mi madre y lo que vas a hacer.
Leonor como madre amantísima apoyó siempre a su hijo. Cuando Martí se vio envuelto en las primeras tareas políticas, ya estudiante del Instituto de La Habana y más aún, en los sucesos del Teatro Villanueva, Leonor, acudió en medio del peligro en busca de su hijo. Ese sentido de protección creció cuando fue encarcelado y condenado a seis años de prisión: “Corrió de un lado para otro, habló con cuantas gentes pudo, suplicó y firmó cartas a las autoridades pidiendo la libertad de su hijo o la atenuación de su condena. En esta etapa prevaleció el llanto, el sufrimiento por encima del reproche”.
“Madre del alma, madre querida,
Son tus natales, quiero cantar;
Porque mi alma, de amor henchida,
Aunque muy joven, nunca se olvida
De la que vida me hubo de dar.
A Dios yo pido constantemente
Para mis padres vida inmortal;
Porque es muy grato, sobre la frente
Sentir el roce de un beso ardiente
Que de otra boca nunca es igual”
Cuanto amor correspondido siempre entre ellos muestra la inmensidad de sus corazones
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