Aquel 22 de agosto de 1922, cuando la voz de Luis Casas Romero atravesó el éter desde el Palacio Presidencial, nadie imaginó que aquel susurro eléctrico se convertiría en el latido cotidiano de una isla entera.
Ciento cuatro años después, la radio cubana es ese rumor familiar que despierta hogares con la diana matutina, el abrazo sonoro que acompaña el café de la tarde y la compañía fiel que en las noches se vuelve refugio y certeza. Su historia está llena de voces inolvidables —las de Pastor Felipe y Julio Alberto Casanova en Nocturno, de radionovelas que hicieron llorar a generaciones, de noticias que viajaron más rápido que el alba y de música que puso a bailar a un pueblo entero, desde el son montuno hasta el bolero más íntimo.
La radio en Cuba no es solo medio: es memoria compartida, el espejo donde el país se reconoce y la ventana por la que asoma su identidad más profunda.
En un mundo que corre hacia pantallas cada vez más brillantes, la radio cubana mantiene esa cualidad casi mágica de lo efímero y lo eterno: su voz se desvanece en el aire pero queda grabada en el alma, como el rumor del mar que nunca deja de oírse, la guajira que siempre vuelve, la ilusión de que mientras haya un cubano despierto, habrá una radio encendida.
Cumple 104 años no como un viejo aparato guardado en el desván, sino como esa luz de la madrugada que aún parpadea en la mesita de noche, susurrando: aquí estoy, no estás solo, sigamos contando historias.
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