Hay vínculos que trascienden el tiempo. Hay manos que, aunque no se tocan, empuñan la misma bandera. Cuando Fidel Castro, en su autodefensa La historia me absolverá, calificó a José Martí como el autor intelectual del asalto al Cuartel Moncada, no estaba haciendo una simple referencia histórica. Estaba inscribiendo su acción en una tradición, estaba reclamando una herencia.
Y esa herencia, desde su juventud, viene de la obra martiana. Cursó sus estudios de bachillerato y universidad leyendo esas páginas de proclamas y discursos del Apóstol. Pero no fue un lector de biblioteca; fue un lector de la historia. Asimiló de Martí, por encima de todo, los principios éticos sin los cuales no puede haber revolución.
La propia Generación del Centenario, nombre que asumieron los asaltantes del Moncada en 1953, era un homenaje vivo al natalicio del Maestro. No era un gesto simbólico: era la constatación de que el ideario martiano era el sustento ético y la base estratégica de aquella gesta.
Pero Fidel no se limitó a invocar a Martí. Lo concretó en obra. Martí soñó con una república digna, soberana, con «todos con todos y para el bien de todos». Fidel llevó ese sueño a la realidad de la Revolución Cubana. Demostró que en la acción y el pensamiento contemporáneos estaba la clave de una nación verdadera. Heredamos de Martí los ideales; Fidel nos enseñó cómo hacerlos posibles en medio de las hostilidades y los cercos.
La relación entre el pensamiento de Martí y la praxis de Fidel fue el eje fundamental para comprender la Revolución Cubana. Fidel se vio a sí mismo como continuador del legado martiano, utilizando esa inspiración para movilizar a las masas en busca de un cambio radical. Y lo hizo desde el primer texto político hasta su último aliento, con una coherencia que pocos líderes en la historia han logrado.
Por eso, cuando hoy hablamos del legado de Fidel, hablamos también del legado de Martí. Porque Fidel fue una continuidad. Y esa continuidad, queridos oyentes, nos atraviesa a cada uno de nosotros. Porque el mejor homenaje que podemos hacer a ambos es asumir sus ideas, multiplicarlas y hacerlas valer en el quehacer diario.
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