En Cuba, cuando nace un niño, la familia entera se vuelca en una fiesta de esperanza. Pero para algunas familias, ese primer año trae consigo un silencio distinto, un silencio que no es paz, sino un llamado de alerta. Hablar de la sordera no es hablar de una discapacidad, sino de una diferente forma de estar en el mundo. Es comprender que los ojos, las manos y el cuerpo entero se convierten en voz cuando los oídos no pueden escuchar.

La realidad de las personas sordas en nuestra Isla es un reflejo de nuestra sociedad: hay avances, hay escuelas, hay logros del proceso revolucionario en materia de inclusión. Pero todavía falta mucho trecho por andar en la conciencia colectiva. La verdadera inclusión no ocurre en los documentos, ocurre en la mirada del vecino, en la paciencia del maestro y, sobre todo, en el abrazo de la familia.

Y aquí quiero detenerme en un punto: la detección temprana. En Cuba, el programa de pesquisa neonatal auditiva es una joya que salva futuros. Detectar a tiempo un trastorno auditivo en un recién nacido es la diferencia entre un niño que aprende a hablar y a leer con apoyo, y un niño que queda atrapado en un silencio que pudo haberse acompañado. No se trata de «curar», se trata de dar herramientas para que ese niño pueda desarrollar todo su potencial.

Pero ningún avance técnico sustituye el papel de la familia. La familia es el primer intérprete, el primer maestro, el primer amigo. Es quien enseña que el mundo no se acaba cuando no se oye, sino que se transforma cuando se aprende a mirar, a tocar y a sentir. En Cuba, donde la escasez a veces golpea, el amor de una familia que decide no rendirse es el recurso más poderoso.

Hoy te invito a reflexionar: ¿cuántas veces hemos ignorado a una persona sorda por no saber cómo comunicarnos? ¿Cuántas veces hemos confundido su silencio con indiferencia? Concienciar no es tener lástima, es respetar. Es aprender aunque sea una seña, hablar de frente, entender que la sordera no es un impedimento, sino una puerta a otra forma de sentir.

Que este comentario sirva para abrir los oídos del alma. Porque en Cuba, la Revolución también se hace con gestos, con empatía y con la certeza de que ningún niño, absolutamente ningún niño, debe crecer sintiéndose solo en su silencio. La detección temprana y el amor de la familia son la llave. El resto lo pone la vida.

Dayamí Tabares Pérez
Últimas entradas de Dayamí Tabares Pérez (ver todo)