Cuando miro cómo estamos enfrentando el cambio climático, siento una mezcla de alivio y preocupación a la misma vez. Me tranquiliza que por fin se esté tomando conciencia, una sensibilidad nueva que se nota en las pequeñas decisiones, en las conversaciones cotidianas, en la forma en que algunos empezamos a mirar a nuestro alrededor con ojos maternos. Algo se está moviendo aquí adentro, es cierto, y eso merece un reconocimiento.
Pero…. siempre hay un Pero ¿no? Pero aquí es donde me asalta la preocupación. La naturaleza nos habla con un lenguaje que no entiende de política ni de fronteras: lo hace con el calor que ya no se soporta, con las tormentas más feroces, con los suelos que se secan, los sismos más recurrentes y las fuentes de agua que desaparecen. Son señales claras, y aunque hay quienes las escuchan, también hay demasiados oídos sordos. Porque el descuido también está en el que tala sin necesidad, en el que contamina sin remordimiento, en el que desperdicia el agua como si nunca fuera a faltar.
Lo que más me inquieta es que sabemos lo que está pasando. Nunca habíamos tenido tanta información. Sabemos identificar esos síntomas, sabemos que la fiebre del planeta sube y que el diagnóstico es grave. Y sin embargo, seguimos postergando las decisiones radicales. Nos movemos, sí, pero como quien intenta apagar un incendio con vasos de agua mientras discute si merece la pena mojarse los zapatos.
Yo creo que lo que necesitamos no es solo grandes acuerdos que se firman y luego se olvidan. Necesitamos abrir los ojos del todo. Hace falta una transformación que empiece en la manera de mirar el mundo: entender que cada gesto cuenta, pero que los gestos pequeños solo tendrán sentido si detrás hay un cambio colectivo y profundo. Hace falta más coherencia y menos discurso. Más gente que actúe y menos que mire hacia otro lado. Porque el tiempo de los diagnósticos ya pasó; ahora toca el momento del compromiso diario, del cuidado de lo que sostiene la vida.
No se trata de renunciar a todo. Se trata de escuchar lo que nos dice el planeta como lo que es: una súplica, un aviso urgente. La pregunta no es si sabemos lo que está pasando, porque lo sabemos. La pregunta es si seremos capaces de unir fuerzas, desde nuestras realidades distintas pero con una misma responsabilidad, para dar una respuesta que esté a la altura de lo que la Tierra nos está pidiendo. Y esa respuesta, todavía está en el aire.
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Por Yely Pupo

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