El silencio de este 21 de junio de 2026 no es un silencio común. Es el silencio espeso que se asienta sobre la tierra cuando un roble centenario finalmente dobla sus ramas hacia el suelo. Cuba amanece con un nudo en la garganta y la bandera a media asta. Ha partido hacia la inmortalidad Ramiro Valdés Menéndez, asaltante al Moncada, Héroe de la República de Cuba y Comandante de la Revolución.
Hay fechas en la historia que se niegan a ser mera casualidad. Ha querido el destino que su último suspiro coincida con el Día de los Padres. Y en ese guiño del tiempo se resume, con una mística sobrecogedora, lo que Ramiro significó para millones. Porque para este país, el Comandante de la mirada firme y el andar de acero fue mucho más que un estratega militar o un cuadro de la Revolución; fue, para muchos, un padre. Un padre protector, exigente, de esos que educan con el ejemplo silencioso, con la severidad del deber y la ternura infinita del que defiende la vida de los suyos. Fue padre de su tropa, hijo devoto de la Patria que lo vio nacer, y amigo entrañable de aquellos que, como él, prefirieron el peligro del monte antes que la paz de la sumisión.
Para entender la fibra de Ramiro hay que volver la vista a la arcilla roja de su natal Artemisa. De allí brotó su rebeldía. Aquella villa, humilde y fecunda, crió a un grupo de jóvenes que decidieron no dejar morir al Apóstol en el año de su centenario. Entre ellos estaba Ramiro, con la juventud floreciendo en el pecho pero con la madurez de los antiguos patriotas templada en el alma.
Artemiseño de pura cepa, llevó siempre el orgullo de su pueblo como un escudo. Junto a Fidel, Raúl y Abel, marchó al santiago heroico aquel 26 de julio de 1953. El Moncada conoció de su audacia; luego, el presidio político en la Isla de Pinos templó su carácter; el exilio en México puso a prueba su resistencia, y el yate Granma lo trajo de vuelta para cumplir la promesa de ser libres o mártires. En la Sierra Maestra, su nombre se convirtió en sinónimo de vanguardia, ganándose sobre el lomerío el grado glorioso de Comandante de la Revolución.
Hoy, las armas se presentan y los corazones se aprietan. El Comandante Ramiro Valdés Menéndez emprende su último viaje físico. No va hacia el olvido; va al reencuentro definitivo con la historia. Sus restos cansados, tras casi un siglo de batalla ininterrumpida por Cuba, regresan hoy a descansar junto a sus hermanos de ideales en el Mausoleo a los Mártires de Artemisa.
Allí lo esperan ellos, los muchachos del 53, los que cayeron en el combate o en el camino. Aquellos con los que compartió sueños de libertad en las noches previas al asalto. La tierra roja de Artemisa se abre hoy con solemnidad paternal para recibir a su hijo pródigo. Se cierra el ciclo de la vida, pero se abre el de la leyenda.
Es imposible no recordar hoy, ante el féretro de este gigante de bronce, las palabras inmortales que el gran poeta Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí, dedicara a su estirpe y a su pueblo:
«…hay sangre de Artemisa brillando en la bandera».
Esa sangre es también la de Ramiro, que se fundió con el rojo de nuestra enseña nacional. Su andar firme ya no se escuchará por los pasillos de las fábricas, ni en las obras en construcción, ni en las trincheras que defendió con celo de padre. Pero su legado se queda sembrado en las nuevas generaciones de artemiseños y de cubanos que hoy lloran su partida, pero que mañana se levantarán inspirados por su ejemplo de lealtad inquebrantable a Fidel, a la Patria y al socialismo.
Descanse en paz, querido Comandante. Su tropa queda firme, custodiando la obra a la que usted entregó cada hora de su existencia. ¡Hasta la victoria siempre, comandante de la patria y de la historia!
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