De un tiempo para acá, el humo que destilan algunos grupos de adolescentes ya no solo huele a cigarro tradicional ahora también huele a fresa, mango, chicle de menta y otros deliciosos olores.
Y ese cambio de aroma, que parece un detalle pequeño, es en realidad el corazón del problema.
Hoy estaremos hablando de los cigarrillos electrónicos, los famosos «vapeadores», se han colado en la vida de nuestros muchachos con una estrategia que ya quisieran algunos publicistas: no parecen peligrosos, son hasta bonitos, tecnológicos, caben en un bolsillo y no dejan tufo en la ropa. ¿Cómo va a ser malo algo que huele a caramelo? ¿Se han puesto a pensar?
Pues sí lo es. Y conviene decirlo rápido y claro. Eso que sale del vapeador no es vapor de agua. Es un aerosol cargado de sustancias que, cuando entran en los pulmones lo envenenan poco a poco.
Muchos vaper contienen nicotina en concentraciones altísimas, a veces más que un cigarro tradicional. Por más que tengamos normalizada la nicotina, sigue siendo una droga. En un cerebro adolescente, que todavía está en desarrollo, la nicotina afecta la memoria, la capacidad de concentración, el control de los impulsos, además, de crear una adicción feroz. En pocas semanas, el cuerpo ya lo pide a gritos.
El vaper o cigarrillo electrónico tiene una resistencia que se calienta, y al calentarse libera partículas de plomo, níquel, cromo. Eso va directo al pulmón. No es un cuento de terror: son datos de estudios serios. Esos metales se acumulan en el organismo y con los años pueden provocar desde enfermedades respiratorias crónicas hasta cáncer.
Los saborizantes, en esencia de mango o de fresa que tanto gusta está hecha con compuestos químicos que son seguros para comer, pero no para inhalar. El estómago está preparado para procesarlos; el pulmón, no. Al calentarlos e inhalarlos, se convierten en sustancias irritantes y potencialmente tóxicas. De hecho, en Estados Unidos hubo un brote de una enfermedad pulmonar gravísima llamada EVALI, que mandó a cientos de jóvenes a cuidados intensivos y algunos no lograron rebasarlo.
El daño pulmonar no se siente de inmediato. El adolescente vapea hoy, vapea mañana, y se siente bien. Pero el tejido pulmonar se va inflamando poco a poco, se van depositando sustancias, se va perdiendo capacidad respiratoria. Cuando los síntomas aparezcan, dentro de diez o quince años, el daño ya estará hecho. Mientras los adultos estamos inmersos en nuestros propios problemas, hay una generación que está metiéndose en los pulmones un cóctel de químicos sin que nadie les ponga un freno.
Considero que el problema en si no es el cigarrillo electrónico sino la desinformación tan grande que tenemos del tema.
Los muchachos creen que vapear es inofensivo. Te lo dicen con una seguridad que alarma y no los culpo. Nadie les ha explicado lo contrario. En la escuela no se habla de esto. En la televisión no se menciona. Las campañas de salud pública van todas contra el tabaco tradicional, que está bien, pero este nuevo fenómeno avanza sin resistencia alguna.
Muchos padres, no saben qué es un vapeador. Lo confunden con una memoria USB, con un cargador portátil. No distinguen el olor dulzón que queda en el cuarto de sus hijos. Y aunque lo distinguieran, no sabrían qué hacer, porque esto no está regulado, no se sabe dónde se compra, no hay a quién denunciar.
Y luego está el otro problema, el que a mí más me preocupa: la puerta de entrada. El vapeo se ha convertido en el primer paso de una escalera que termina en el tabaquismo tradicional. El muchacho empieza con su aparatico moderno, se engancha a la nicotina sin darse cuenta, y cuando el dispositivo se rompe, cuando el líquido se acaba, cuando no hay dinero para comprar otro, (que por cierto son carísimos) ¿qué queda en la esquina? El cigarro de siempre. El Popular, el Criollo. Y ahí está, fumando tabaco un muchacho que jamás habría encendido un cigarro si no hubiera caído primero en la trampa perfumada del vapeo.
Es una ironía amarga. El cigarro electrónico, que en teoría lo inventó para ayudar a dejar de fumar, está creando una nueva generación de adictos.
Yo no creo en las prohibiciones a lo loco. Prohibir por prohibir nunca ha funcionado, pero sí creo, firmemente, que urge hablar del tema. En las escuelas, en las familias, en los medios de difusión. Explicar, mostrar, advertir. Que un muchacho tenga la información completa antes de decidir si se lleva ese aparato a la boca o no.
Porque el enemigo ahora viene perfumado. Y así, disfrazado de inocencia, es mucho más peligroso. Piénsalo.
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