En la historia de Cuba hay dos nombres que se entrelazan como raíces de un mismo árbol: José Martí, el Apóstol Nacional, y el Comandante en Jefe Fidel Castro. El primero sembró la dignidad en un siglo de dominación; el segundo, la cosechó a través de la lucha y la revolución.
Martí fue ese cubano íntegro, de verbo encendido y acción ética. No solo escribió versos para los niños, sino que denunció el expansionismo voraz de Estados Unidos y cayó en Dos Ríos disparando contra la injusticia. Su legado era la semilla viva. El expresaba que “El deber de un hombre libre es luchar para ser libre y para hacer libres a los demás”.
Cien años después, Fidel Castro tomó esa bandera que otros habían dejado caer. El asalto al Moncada no se explicaría sin el pensamiento martiano. La Sierra Maestra, la reforma agraria, la resistencia al bloqueo, todo eso fue, en esencia, llevar a la práctica el ideal de una Cuba soberana, justa y antimperialista. Fidel lo dijo claro: “Martí es el autor intelectual de la Revolución”.
Algunos creen que continuar ideas es repetirlas. Fidel supo reinterpretar a Martí para su tiempo. Convirtió la independencia en soberanía plena, la dignidad en derecho a un proyecto propio, y la lucha contra el colonialismo en resistencia contra el imperio. Por eso, más que un seguidor, fue un heredero rebelde.
Hoy, cuando se debate el futuro de Cuba, vuelve a escucharse la voz de Martí y el eco de Fidel. Porque las ideas no mueren, se encarnan generación tras generaciones.
Maybeline Matamoros Álvarez
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