El 22 de julio nos invita a una pausa necesaria para reflexionar sobre una de las columnas vertebrales más invisibilizadas de nuestra sociedad: el trabajo doméstico y de cuidados. Al hablar de esta labor, no solo hablamos de tareas mecánicas como limpiar, cocinar o gestionar la logística de un hogar; hablamos de un engranaje fundamental que sostiene la economía global y el bienestar emocional de las personas, y que, históricamente, ha recaído de manera desproporcionada sobre los hombros de las mujeres.

Durante décadas, este trabajo ha sido catalogado bajo el rótulo de «natural» o «instintivo», como si fuera una extensión biológica de lo femenino y no lo que realmente es: una carga laboral exigente, constante y, en la mayoría de los casos, no remunerada. El problema de fondo no es la tarea en sí, sino el sistema de valores que la rodea. Vivimos en una sociedad que mide el éxito a través de la productividad medida en dinero, dejando en un segundo plano todo aquello que no genera un salario directo, pero que es estrictamente indispensable para que el mundo siga girando. Si las mujeres decidieran, por un solo día, detener todas las labores de cuidado y mantenimiento del hogar, el sistema económico colapsaría por completo, ya que nadie podría ir a sus empleos «productivos» sin esa base de soporte.

Reconocer este día es un ejercicio de justicia histórica. Sin embargo, el reconocimiento simbólico es insuficiente si no va acompañado de un cambio cultural profundo. La verdadera transformación ocurre cuando dejamos de ver el trabajo doméstico como una «ayuda» que el hombre le brinda a la mujer, y empezamos a entenderlo como una responsabilidad compartida y equitativa. La corresponsabilidad no es un favor, es la base de una convivencia sana y respetuosa. Cuando los hombres asumen su parte en la gestión del hogar, no solo están aliviando una carga, están validando la importancia del tiempo y el esfuerzo de sus compañeras.

Además, es crucial hablar de la profesionalización y la valoración de quienes realizan estas tareas de manera remunerada. Muchas trabajadoras del hogar enfrentan condiciones de precariedad, falta de derechos laborales y una discriminación sistémica que debemos erradicar. Dignificar su labor es dignificar a toda la sociedad.

En definitiva, este 22 de julio no debería ser solo una jornada de felicitaciones o agradecimientos vacíos. Debe ser un recordatorio de que necesitamos políticas públicas que faciliten la conciliación, una educación que enseñe a los niños y niñas que las tareas no tienen género, y una conciencia colectiva que entienda que el trabajo doméstico es, en esencia, trabajo de vida. Valorar el cuidado es, en última instancia, valorar nuestra propia humanidad. Mientras sigamos relegando estas labores al ámbito de lo privado y lo invisible, estaremos perpetuando una brecha de desigualdad que nos afecta a todos. Es momento de que el trabajo doméstico deje de ser una carga silenciosa y pase a ser un pilar reconocido, repartido y, sobre todo, respetado en cada hogar.

 

Janet Pérez Rodríguez
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