Por primera vez

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Cuando un padre sostiene su pequeño cuerpecito entre los anchos brazos, conoce lo que es la felicidad plena. Foto: Mayvi Cruz.

Aún recuerdo su rostro cuando le di la noticia, así, sin tanto alboroto, sin tanto preámbulo. Ambos lo sospechábamos, lo añorábamos, lo buscábamos... y un buen día llegó. La sonrisa más tierna acompañó a mis lágrimas de felicidad, y nos acompañó, desde entonces, como padre, para estar presente siempre en la vida de su hijo.

El día de conocer el sexo, ya se había vestido premeditadamente de color azul, porque sabía muy dentro de sí, que sus deseos se harían realidad, otra vez. Y así fue, no le cabía tanta emoción en el pecho... Luego lo vio en la pantalla, moviéndose, con un corazón latente, con un dedo cerquita de la oreja, y aquellas 3 dimensiones no eran suficientes para reducir la ansiedad de verlo frente a frente, de al fin conocerlo.

Preocupación incesante por mi alimentación, por los pañales, por los preparativos, marcó las siguientes semanas de los siguientes 9 meses. Al final del túnel, cuando no veía la luz de tanto dolor, sostuvo mi mano de la cama al sillón, del sillón a la cama, del lado izquierdo o el derecho, porque ya no podía soportar ninguna posición, y él, no podía soportar verme así.

Una tarde pudo tenerlo entre sus brazos, casi dos años atrás... y al tener esa imagen frente a mí, supe que no hay nada más valioso en el mundo, que un hijo deseado, amado, disfrutar de él, y mostrarle cada rincón de esta tierra.

No fue fácil el camino, nunca lo es, pero ninguna noche pudo ser más placentera que esa primera en que ese padre no durmió, sólo para observar detenidamente a su bebé, por primera vez en su cuna, por primera vez en casa.

Desde entonces, la crianza, las alegrías, las caras simpáticas y todo lo que ha aprendido nuestro hijo, ha valido totalmente la pena, porque verlo feliz es la mayor satisfacción, jugar con él, hacerle cosquillas hasta ver toda su dentadura de tanta risa, caminar de su manito, como padres, nos da la vida.

Cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño por primera vez el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre. Cuando lo miran sus ojitos de recién nacido, sabe que existe el amor a primera vista. Cuando sostiene su pequeño cuerpecito entre los anchos brazos, conoce lo que es la felicidad plena. Cuando llega cansado del trabajo, y siempre encuentra el tiempo para su bebé, es que su día se ha completado verdaderamente.

El mejor legado de los padres a sus hijos, es un poco de su tiempo a diario porque no es solo el que engendra, eso sería demasiado fácil... un padre, es el que da amor.


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