El creador del Himno Nacional, nos enseñó que morir por la patria es vivir. Su sangre derramada se transformó en música, en bandera y en esperanza. La Bayamesa no es solo un himno: es la voz de un pueblo que nunca se rindió.
En la mañana del 17 de agosto de 1870, en la ciudad de Santiago de Cuba, fue fusilado Perucho Figueredo, el patriota que dio letra y música al Himno Nacional de Cuba.
Aquel hombre, que había escrito versos de libertad y esperanza, enfrentó la muerte con la misma dignidad con que había entregado su vida a la causa independentista.
Figueredo, montado en su caballo durante la toma de Bayamo en 1868, había entonado por primera vez el himno que hoy conocemos como La Bayamesa, invitando al pueblo a cantar: “Morir por la patria es vivir”, una frase de basta valentía de los que en aquel entonces luchaban por la libertad.
Dos años después, los fusiles españoles apagaron su voz, pero no pudieron silenciar la canción que ya era bandera de resistencia, las letras de lo que se convirtió en nuestro Himno.
El fusilamiento de Figueredo simboliza la brutalidad de la represión colonial.Su legado musical y patriótico convirtió al himno en un grito eterno de independencia.La memoria de su sacrificio sigue viva en cada cubano que entona la Bayamesa con orgullo.
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