Hay hombres que parecen destinados a habitar el silencio de las bibliotecas y el orden pulcro de las partituras, pero a los que la historia, con su caligrafía de fuego, arrastra hacia los mapas de la pólvora y el fango. Juan Manuel Márquez Rodríguez fue uno de ellos. Mucho antes de ser el segundo al mando de una de las expediciones más reconocidas de América, antes de que el frío manglar de Las Coloradas le mordiera los pasos, Juan Manuel fue un sembrador de vientos en el asfalto caliente de Marianao.
Nacido en La Habana el 3 de julio de 1905, bebió de sus padres el decoro y el civismo. En 1928, la familia se asentó en las tierras marianenses, que pronto se convertirían en su trinchera afectiva y política. Con apenas dieciséis años, cuando la mayoría de los jóvenes apenas ensaya el amor, él ya conspiraba contra la dictadura de Gerardo Machado. Pagó su rebeldía temprana con el encierro junto a su padre, y luego con el destierro húmedo del presidio en la Isla de Pinos en 1932. Pero la prisión no apaga la tinta; la concentra. Al salir, fundó el periódico Catapulta y prestó su pluma al semanario El Sol, convencido de que un pueblo que lee es un pueblo que no se arrodilla.
Su revolución, sin embargo, tenía un ritmo singular. En 1944, tras un nuevo encierro de cuatro años y tras militar en las filas del Partido Auténtico, los vecinos de Marianao lo eligieron concejal. Fue entonces cuando el guerrero mostró su alma de orfebre. En lugar de sumarse al festín de la corrupción republicana, Juan Manuel se dedicó a construir el espíritu. Dicen las esquinas de Los Pocitos que bajo su gestión el municipio vio nacer su primera biblioteca pública, que los museos abrieron sus puertas a los niños de las escuelas y que una banda de música municipal comenzó a llenar de acordes los domingos de los parques. Él creía en una patria libre, sí, pero también hermosa y culta.
El golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952 rompió la música. Juan Manuel no dudó en declarar la guerra a la nueva tiranía. Aunque no participó físicamente en el asalto al Moncada, la jauría lo persiguió con saña. El 5 de junio de 1955, los sicarios del régimen le rompieron el cuerpo a golpes en una calle habanera. Internado en la Clínica Santa Emilia, cubierto de vendas y dolores, recibió una visita que cambiaría el curso de la isla: Fidel Castro cruzó la puerta. De aquel encuentro nació un pacto de sangre y la vicejefatura del Movimiento 26 de Julio.
Vino después el doloroso camino del exilio en México, las reuniones clandestinas con los emigrados para juntar los centavos de las armas, y el riguroso entrenamiento bajo el cielo ajeno. En julio de 1956, tras una delación, la policía mexicana desmanteló los campamentos. Juan Manuel logró escapar por minutos de la redada. El cerco se estrechaba y los recursos escaseaban. Fue en esos días de asfixia cuando, contemplando la inmensidad del golfo, pronunció aquella frase que hoy estremece por su lucidez testamentaria: “¡Qué difícil se hace para nosotros ir a morir por Cuba!”.
El 2 de diciembre de 1956, el yate Granma encalló en el infierno verde de Niquero. Los ochenta y dos expedicionarios, exhaustos, se hundieron en el fango de los manglares.
Tras la dispersión y el desastre de Alegría de Pío, Juan Manuel quedó solo, con las botas cargadas de lodo y el cuerpo quebrantado por la fatiga. La delación de un campesino entregó su suerte a las patrullas del régimen.
El 15 de diciembre de 1956, tras soportar con entereza el calvario de la tortura sin entregar un solo secreto de sus compañeros, fue asesinado. Tenía cincuenta y un años. Murió lejos de su biblioteca y de la banda de música de Marianao, pero su nombre quedó inscrito en el oleaje de la costa sur y en el viento libre de la patria, como una sinfonía que, a pesar del fango y la muerte, jamás dejó de sonar.
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