El tiempo no pasa en vano sobre el rostro humano: esculpe en la piel los mapas de la memoria, platea los cabellos como hilos de luna y deposita en la mirada esa luz serena que solo otorga la experiencia. Cada 1 de octubre, el mundo se detiene a reflexionar sobre la vejez en el Día Internacional del Anciano, y aunque aún falte un mes, es bueno desde ahora resaltar esta efeméride que nos invita a recordar que una sociedad verdaderamente justa no se mide por la velocidad con la que avanza, sino por la ternura y el respeto con los que cuida a quienes abrieron los caminos que hoy transitamos.

Para entender el origen de esta causa que dignifica las canas en nuestra región, es imprescindible volver la vista al siglo XX y rendir tributo a una mujer extraordinaria: la catedrática, escritora y humanista mexicana Ema Godoy.

En una época donde la sociedad comenzaba a marginar a los adultos mayores hacia los rincones del olvido, Ema Godoy alzó su voz y su pluma con una firmeza inquebrantable. Con profunda sensibilidad filosófica y social, defendió que la ancianidad no era el ocaso de la existencia, sino la plenitud del alma; una etapa donde la sabiduría acumulada debía ser abrazada como un tesoro colectivo.

Su lucha no quedó en palabras. En 1979, gracias a su incansable prédica y movilización, germinó un hito fundamental en el continente: la creación del Instituto Nacional de la Senectud (INSEN). Aquel logro no solo transformó las políticas públicas para los ancianos, sino que sembró una semilla humanista que floreció en toda América Latina, impulsando la idea de que envejecer con dignidad es un derecho sagrado.

Esa llama encendida por Ema Godoy en 1979 encuentra una resonancia entrañable a cientos de kilómetros, en el corazón geográfico y afectivo de San Antonio de los Baños.

En la Villa del Humor, donde el río Ariguanabo murmura historias bajo la sombra de los árboles, la vejez se vive con un arraigo comunitario único. Caminar por San Antonio en la calma de la tarde es descubrir el legado de Ema Godoy encarnado en la cotidianidad: es ver a los abuelos sentados en los portales de sus casas, en las sillones de mimbre, meciéndose al compás de la brisa mientras sintonizan en sus radios las transmisiones de Radio Ariguanabo.

En este rincón artemiseño, los ancianos no son espectadores del pasado; son protagonistas del presente. Se les encuentra en la Casa de los Abuelos, compartiendo vivencias y salud; en los paseos familiares por el Parque Central; o cada último viernes de mes en el Museo de Historia municipal, donde la peña «Suerte de Vivir», conducida por Gladis Pulido, convierte la vejez en un banquete de poesía, boleros y memorias compartidas por el Club de Amigos de la Radio.

Los abuelos del Ariguanabo llevan en sus manos la historia viva del municipio.

Son los tabacaleros que enseñaron el oficio a los jóvenes, los educadores que alfabetizaron en los campos, las madres que bordaron la identidad de la villa y los narradores orales que mantienen vivas las leyendas del río y el humor criollo.

Cuando en San Antonio de los Baños se celebra el Día del Anciano, el tributo trasciende el protocolo. Es el abrazo sincero de la familia, el saludo respetuoso del vecino que se quita el sombrero al pasar, y el compromiso de las instituciones locales por garantizarles una vejez activa, protegida y rodeada de amor.

Ema Godoy soñó con un mundo donde las canas fueran coronas de honor y donde ningún anciano se sintiera invisible. Hoy, al contemplar la sonrisa de los abuelos de San Antonio de los Baños mientras disfrutan del sol de su tierra, confirmamos que ese sueño sigue vivo.

Que el venidero Día Internacional del Anciano sea una pausa para agradecer. A Ema Godoy, por su visión vanguardista; al INSEN, por marcar la ruta institucional; y a cada abuelo y abuela del Ariguanabo, por regalarnos la lección más hermosa: que vivir es un arte, y que llegar a la ancianidad rodeado del cariño de su pueblo es, verdaderamente, la mayor suerte de vivir.

Adrian Torres Rodríguez
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