La noche del 26 de octubre de 1959, La Habana se reunió frente al antiguo Palacio Presidencial. La multitud acudió para expresar su apoyo a la Revolución y escuchar a sus dirigentes. En aquel encuentro, Fidel Castro anunció la creación de las Milicias Nacionales Revolucionarias, una organización concebida para incorporar al pueblo a la defensa del proceso revolucionario.

La idea de las milicias respondía a un momento de profundas tensiones y cambios. La Revolución buscaba organizar la participación popular y preparar a la ciudadanía ante las amenazas que enfrentaba el nuevo gobierno. Obreros, campesinos, estudiantes y trabajadores comenzaron a integrarse a una estructura que uniría preparación, disciplina y compromiso colectivo.

Entre los oradores de aquella jornada estuvo Camilo Cienfuegos, el comandante querido por su sencillez, su humor y su cercanía con la gente. Desde la tribuna habló con la firmeza de quien había recorrido la guerra junto a sus compañeros y con la confianza de quien veía en el pueblo la fuerza principal de la Revolución. Aquel discurso quedó en la memoria como su última intervención pública.

Fue en este propio discurso, donde pronunció los versos de Bonifacio Byrne: «Si desecha en menudos pedazos, llega a ser mi bandera algún día, nuestros muertos alzando los brazos, la sabrán defender todavía» 

Dos días después, el 28 de octubre, Camilo partió en una avioneta desde Camagüey rumbo a La Habana. Nunca llegó a destino. Su desaparición estremeció al país y dio inicio a una búsqueda que no logró esclarecer lo ocurrido. La fecha quedaría ligada para siempre a su nombre y a las flores que cada año se lanzan al mar en su memoria.

Así, la creación de las Milicias Nacionales Revolucionarias y la última voz pública de Camilo se encontraron en una misma noche: una jornada de convocatoria, defensa y esperanza. Más allá de los años, permanece la imagen del comandante frente a su pueblo, hablando con la naturalidad de quien no se sentía separado de él.

Camilo se fue, pero su recuerdo continúa acompañando la historia cubana: en la memoria de aquella multitud y en la voz de quienes todavía evocan al hombre del sombrero alón y la sonrisa franca.

Gedis Ferrán Herrera
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