Hoy, 21 de agosto, el calendario nos detiene frente a una fecha que trasciende lo cronológico para convertirse en un ejercicio de resistencia: el «Día Internacional de Conmemoración y Homenaje a las Víctimas del Terrorismo». Para Cuba, este día no es solo una efeméride global, es un espejo donde se refleja el dolor acumulado de décadas, una memoria colectiva que se niega a borrar los nombres de quienes fueron arrebatados por la violencia.

La historia de la nación cubana está marcada por heridas profundas, cicatrices que llevan consigo el peso de más de 3,400 vidas perdidas y el eco de 2,099 personas que, a causa de actos criminales, hoy viven con una discapacidad impuesta por la sinrazón. Es una narrativa de resistencia frente a un terrorismo de Estado que, desde el norte, buscó durante años doblegar la voluntad de un pueblo.

¿Cómo olvidar el 6 de octubre de 1976? El cielo de Barbados se tiñó de tragedia cuando un avión de Cubana de Aviación estalló en pleno vuelo, silenciando a 73 personas. Luis Posada Carriles, figura emblemática de esa impunidad que aún duele, nunca enfrentó la justicia por aquel horror. Pero el rastro de violencia no termina allí; se extiende por las calles de La Habana con las cenizas de la tienda «El Encanto» en 1961, y se vuelve aún más cruel en el recuerdo del incendio provocado en un cine de Pinar del Río durante una función infantil, una tarde donde el miedo tocó a niños y adultos por igual.

La lista es larga y dolorosa: desde la agresión biológica que introdujo el dengue hemorrágico en 1981, hasta el constante acecho a pescadores y soldados en la frontera de Guantánamo. A esto se suma el bloqueo económico, un cerco que no solo estrangula la economía, sino que se manifiesta en la vida cotidiana, en la falta de insumos médicos y en la asfixia de un país que insiste en caminar con sus propios pies.

Cuba hoy no solo conmemora; Cuba recuerda para que la historia no se repita. Cada 21 de agosto es un recordatorio de que, a pesar de las presiones, de las sanciones y de las sombras que han intentado cubrir su futuro, la memoria de sus hijos sigue siendo el faro que guía su dignidad. La isla sabe bien lo que es sobrevivir al terror, y es precisamente esa conciencia la que mantiene viva su voz en el concierto de las naciones, exigiendo siempre justicia y paz.

Janet Pérez Rodríguez

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