En un rincón del Ariguanabo, donde el calor se pega a las paredes y el humor flota como polvo fino, vivía Cuinco. Su nombre de pila era José Ignacio Pérez Martínez. A sus setenta años todavía pintaba casas para ganarse el plato de comida, cargaba con una soledad tan vieja como su gorra juvenil, una visera que contrastaba con su rostro ajado y la ropa de segunda mano.
Un día, el pueblo decidió que Cuinco se convertiría en un personaje popular. Fue entonces que la Villa del Humor fiel a su nombre, dió vida a uno de los capítulos más memorables de su historia.
Resulta que Rosendo Díaz, un barbero apodado como El Loco y Delio Pino, conocido por El Gordo, armaron una farsa tan estrafalaria que solo podía funcionar en un pueblo con alma de teatro. Le hicieron creer a Cuinco que un tal Don José, adinerado terrateniente de la finca La Tojosa, en Villa Clara, se había encariñado con él, pues veía a un hombre honrado, sencillo, trabajador y ayudarlo era una forma de demostrárselo. Durante 3 años, entre risas ahogadas y codazos cómplices, medio pueblo fue partícipe de esta broma.
Le llegaban puercos, frutas, dinero… todo, supuestamente enviado por este hacendado. El cuartico se fue llenando de objetos de valor: un colchón nuevo, un televisor, hasta un teléfono por el que “hablaba” con el mismísimo benefactor. Porsupuesto detrás de esa voz paternal y ronca estaba el barbero. A veces la comunicación “se caía” justo cuando al afortunado le tocaba hablar, si, porque primero el pueblo le rendía honores por el auricular al susodicho. No le faltaron las promesas a Cuinco de llenarlo de maravillas, maravillas que nunca llegaron.
Cada mañana, durante el desayuno, encargos traídos de la supuesta finca La Tojosa tocaban a su puerta: pero los jamones, las mortadellas, bisteces y otros manjares venían, si pero de la cafetería de la esquina. Mientras Cuinco trabajaba, un vecino suyo conocido como el Cocuyo tomaba estos alimentos y los devolvía a su lugar de origen. Cuando el pintor regresaba y se deba cuenta del hurto, enfadado corría al Poder Popular Municipal a denunciar a “los envidiosos”.
Con el tiempo, la broma creció cual enredadera. Hubo una vez en que le trajeron una yunta de bueyes, “enviada como regalo de don José”, yunta de bueyes que después le fue cambiada por dos terneritos. Otro día, Alfredo Lemes, un vecino cómplice le anunció un cheque de cinco mil pesos, por lo que ilusionado Cuinco fue a cobrarlo al banco pero la cajera muy al pendiente le susurró: “Ya lo cobró aquel compañero, que trajo una constancia de su enfermedad”.
La burla se volvió todo un espectáculo. Y sin proponérselo, el pobre se convirtió en el centro de la fiesta.
Para aquella época se transmitía la telenovela brasileña «Doña Bella» y al pueblo se le ocurrió la idea de que la protagonista lo viniera a visitar, por lo que montaron en el Parque Central, un aparatoso recibimiento. Disfrazaron a una mujer que se le daba cierto aire a la doña, hasta se instalaron luces en el lugar para iluminar la velada, los bancos y aceras se llenaron de curiosos que no querían perderse el show, finalmente la falsa Bella apareció, hubo quienes creyeron que era la propia actriz en carne y hueso. Incluso los bomberos participaron de la pantomima.
Días después apareció un supuesto jefe árabe que le entregó a Cuinco la distinción de “El Camello Dorado” precisamente por su amor a los animales. Más tarde, una dama refinada, esposa del querido don José, que en realidad no era más que Félix Dardo, director de Los Cuenteros, le hizo reverencias con una hermosa peluca rubia. Pero ahí no terminó la cosa, en el cumpleaños de Cuinco, celebrado entre cervezas y dulces en el Museo del Humor, se presentó el comediante Osvaldo Doimeadiós como la viuda del emperador japonés Hirohito, le custodiaba un samurai que con un sable prestado del Museo de Historia partió a la mitad el cake del cumpleañero. ¡Todo un espectáculo!.
Pero Cuinco no era tonto. Algo le olía a animal podrido. Peleó, protestó, se quejó con la autoridades. Fue entonces, que se organizó un juicio público. El fiscal era el propio Félix Dardo, envuelto en una toga vieja y maloliente. En el banquillo se sentaron los acusados: El Loco, El Gordo, el Cocuyo y otros implicados en el crimen, quienes fueron condenados a una semana sin salir de casa, tres días sin ir a la plaza. Al terminar el juicio, sacaron en hombros a Cuinco. Y por primera vez se quitó la gorrita y sonrió como un niño que acababa de hacer una fechoría.
Realmente, ¿Cuinco se creyó la historia hasta el final o descubrió la trampa y le siguió el juego a los timadores? Nadie lo sabe con certeza. Lo que sí se sabe es que Cuinco murió de un infarto en 1989, a su entierro fueron mucha gente, el duelo fue despedido por Homero Perdomo Betancourt director del museo de historia, lo despidieron como se despide a una celebridad, como solo se le dice adiós a un ser querido.
La historia de Cuinco se transformó en cultura. Tanto así que un Wolne Oliveira, un estudiante brasileño de la Escuela Internacional de Cine le dedicó un documental, el cual fue proyectado por la televisión cubana. La radio Ariguanabo le hizo un montón de crónicas, esta es una de ellas. Desde México, el caricaturista Boligán también se inspiró en su figura. El gobierno de San Antonio de los Baños instituyó el premio Cuinco para artistas plásticos que abordaran temas locales. Dos años después de su muerte, Homero Perdomo estrenó el monólogo “Yo, Cuinco” obra teatral que reunió a público de diferentes edades y procedencias.
A veces, personas comunes como él, guardan una grandeza silenciosa. A veces, una broma colectiva se convierte en un abrazo gigante. Porque aquel viejo solitario, sin saberlo, le dio una lección a todo un pueblo: la risa también es una forma de querer, entre carcajadas y bromas largas la vida le regaló otra oportunidad: una nueva familia.
Yely Pupo
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Por Yely Pupo

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