El 15 de abril de 1961, cuando la madrugada aún cubría con su silencio la Base Aérea de San Antonio de los Baños, los pilotos descansaban junto a sus aviones. De pronto, un ruido familiar rompió la calma: motores de bombarderos B-26. Algunos pensaron que eran compañeros de Santiago, pero la ilusión se desvaneció en segundos. El estruendo de las ametralladoras y las bombas sobre la pista revelaba la verdad: Cuba era atacada.
Enrique Carreras, joven piloto de la base, recordaría años después la urgencia de aquel momento: “Ahí nos pusimos la ropa, el que pudo ponérsela, y salimos a buscar nuestros aviones”. Sin saberlo, eran testigos del inicio de una operación simultánea contra tres aeropuertos cubanos: Ciudad Libertad en La Habana, Santiago de Cuba en el oriente, y San Antonio de los Baños.
Ocho aviones B-26, disfrazados con insignias de la Fuerza Aérea Revolucionaria, partieron desde Puerto Cabezas, Nicaragua. Su misión era destruir en tierra la modesta aviación cubana y sembrar la idea de una rebelión interna. Incluso uno de esos aparatos aterrizó en Miami, como parte de la farsa de una supuesta deserción.
El ataque en San Antonio apenas logró dañar dos aeronaves y dejó dos combatientes heridos. La respuesta fue inmediata: la Defensa Antiaérea y el Batallón 164 demostraron que la resistencia y el patriotismo no podían ser bombardeados. A pesar de las pérdidas humanas, los agresores no alcanzaron sus objetivos.
Al día siguiente, una multitud colmó la calle 23 en La Habana para despedir a las víctimas. Allí, en presencia del Comandante en Jefe Fidel Castro, juraron defender la patria. Fue el momento histórico en que se proclamó el carácter socialista de la Revolución, mientras los fusiles en alto simbolizaban la firmeza de un pueblo dispuesto a resistir.
Esa victoria significó la primera gran derrota del imperialismo en América Latina y un símbolo de dignidad para Cuba. Hoy la memoria de aquel amanecer bajo fuego sigue viva. No solo como recuerdo de la agresión, sino como testimonio de la resistencia de un pueblo que, frente a cada intento de asfixia, reafirma su derecho a existir con dignidad.
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