Por: Hernán Yglesias

Hay historias que no siempre se cuentan en voz alta. Ocurren en la casa, en la escuela, en el trabajo, en la vida cotidiana. Son pequeñas conquistas que, juntas, van abriendo camino. Así ha sido la lucha por la igualdad plena de la mujer: lenta, persistente y, muchas veces, silenciosa.

Durante años, generaciones de mujeres han tenido que demostrar lo que nunca debió ponerse en duda: su derecho a decidir, a estudiar, a trabajar, a ocupar espacios, a ser parte activa de la sociedad en igualdad de condiciones. No como concesión, sino como derecho.

Hoy se habla de igualdad de género como un principio esencial. No es una consigna ni una moda. Es un derecho humano reconocido a nivel internacional.

Sin embargo, la realidad demuestra que el camino aún no termina. Las mujeres representan la mitad de la población mundial y también la mitad de su potencial, pero las brechas persisten en distintos ámbitos de la vida social y económica. En el mundo laboral, por ejemplo, continúan las desigualdades. A escala global, las mujeres ganan en promedio menos que los hombres y dedican más tiempo al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado.

A eso se suman otros desafíos: la violencia de género, las limitaciones en el acceso a puestos de liderazgo y la participación desigual en la toma de decisiones. Son barreras que, aunque visibles, todavía no se han derribado completamente.

Las cifras también hablan con crudeza. De mantenerse el ritmo actual, alcanzar la igualdad plena podría tardar siglos.

Pero más allá de los números, la igualdad se construye en lo cotidiano. En el reconocimiento del valor de cada persona, en las oportunidades que se abren, en los espacios que se comparten sin distinción.

En Cuba, ese proceso ha tenido una historia propia. Hoy, las mujeres cubanas están presentes en sectores clave como la salud, la educación, la ciencia y la cultura. Muchas ocupan responsabilidades en la dirección de instituciones y en la vida pública del país. Sin embargo, también aquí persisten desafíos relacionados con la distribución de roles en el hogar, las cargas de cuidado y los estereotipos que aún sobreviven.

La igualdad plena no se decreta. Se construye. Se aprende. Se defiende.

A veces comienza en gestos simples: en una niña que decide qué quiere ser sin límites, en un hogar donde las responsabilidades se comparten, en una escuela que educa sin prejuicios, en un espacio laboral donde el talento pesa más que cualquier etiqueta.

La radio, como espejo de la sociedad, también forma parte de ese proceso. Desde sus micrófonos se cuentan historias, se visibilizan realidades y se abren caminos para el diálogo. Porque nombrar las cosas es una forma de transformarlas.

Hablar de igualdad no es repetir un concepto. Es reconocer una deuda histórica y, al mismo tiempo, apostar por un futuro diferente.

Un futuro donde no haga falta recordar que hombres y mujeres deben tener los mismos derechos. Un futuro donde la igualdad deje de ser una meta y se convierta, simplemente, en la forma natural de vivir.

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