Cuando el sol aprieta y el termómetro se dispara, no solo sudamos agua. Sudamos vida. Pero aquí está lo curioso: la sed no es la alarma. Es el último suspiro de nuestro sistema de alerta. Cuando sentimos la boca seca, ya vamos tarde. El cuerpo ya está haciendo malabares con lo que le queda.
La deshidratación no avisa con estruendo. Llega silenciosa: con una niebla mental que nos hace torpes, una irritabilidad que no entendemos, y las piernas que pesan más de lo normal. Y en los más vulnerables —nuestros mayores, los pequeños— el aviso es aún más sutil: orina oscura, ojos hundidos, menos lágrimas al llorar.
El error común: esperar a tener sed para beber. El acierto: pequeños sorbos constantes, incluso sin ganas. Agua, sí, pero también frutas con jugo, caldos ligeros, suero oral si el calor es extremo.
Un mensaje que duele pero hay que decir: el alcohol y el café en días de calor no son aliados. Son trampas que engañan al cerebro y aceleran la pérdida de líquidos. Esa cerveza fría… alivia el momento, pero deshidrata a traición.
Cuidarse no es de débiles. Es de inteligentes. Es saber que nuestro cuerpo no es una máquina infinita, es un jardín que pide riego constante. Cuando cuidamos el agua que bebemos, cuidamos la claridad con que pensamos, la fuerza con que caminamos, la paz con que dormimos.
Hoy, mañana, durante esta ola de calor: no esperes a tener sed. Busca la sombra, viste ropa ligera, moja tu nuca, tus muñecas. Y sobre todo, mira a quienes tienes al lado. Hidratarse es un acto colectivo.
Dayamí Tabares Pérez
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