Hace 111 años, el 19 de agosto de 1915, la ciudad de la Habana dejaba de latir el corazón de uno de los científicos más brillantes que ha dado América: Carlos Juan Finlay Barrés. Eran las 5:45 de la tarde cuando, según el certificado de defunción, un síncope de media hora de duración ponía fin a su vida, con la arteriosclerosis como causa indirecta. Desde 1909, una trombosis vascular lo había obligado a retirarse permanentemente de su trabajo activo, pero su mente y su legado jamás dejaron de trabajar por la humanidad.
En 1881, mucho antes de que el mundo entendiera cómo se propagaban las enfermedades, Finlay presentó una teoría revolucionaria ante el Congreso Sanitario Internacional: la fiebre amarilla no se contagiaba por el contacto directo, sino que era transmitida por un mosquito. Aunque inicialmente su hipótesis fue ignorada, años después la Comisión Médica del Ejército de Estados Unidos confirmó su acierto. Gracias a sus estudios, se logró controlar epidemias devastadoras en América y el Caribe, salvando millones de vidas.
Pero Finlay fue mucho más que un médico y epidemiólogo. Fue un defensor del pensamiento científico latinoamericano, un humanista que sentó las bases de la medicina preventiva en Cuba. Su trabajo inspiró a generaciones de investigadores en el Instituto de Medicina Tropical que hoy lleva su nombre. Y aunque fue nominado al Premio Nobel en varias ocasiones, el máximo galardón nunca llegó. Sin embargo, el reconocimiento póstumo ha sido inmenso.
En 1928, el presidente cubano Gerardo Machado estableció la Orden Nacional del Mérito Carlos J. Finlay, el más alto galardón científico otorgado por el Estado cubano, que premia contribuciones en el cuidado de la salud. Esta orden fue retirada temporalmente entre 1959 y 1981, pero hoy se mantiene como máxima condecoración a personalidades e instituciones destacadas en ciencias naturales y sociales. En La Habana, el Museo Finlay de Historia Médica guarda su memoria como un homenaje eterno. Cada 3 de diciembre, día de su natalicio, Cuba celebra el Día del Trabajador de la Salud Pública y el Día de la Medicina Latinoamericana.
Su influencia trascendió fronteras. En el canal de Panamá, una placa reconoce su contribución al éxito de la construcción, aplicando sus principios para controlar la fiebre amarilla. A nivel internacional, se han celebrado homenajes en países latinoamericanos, Europa y Estados Unidos.
El pensamiento de Finlay sigue guiando la investigación médica y la lucha contra enfermedades transmitidas por vectores. Su vida es testimonio de cómo la ciencia, cuando se hace con vocación humanista, puede transformar el mundo. A 111 años de su partida, Carlos J. Finlay no ha muerto: vive en cada vacuna, en cada medida preventiva, en cada vida salvada.
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