La vida es para la mayoría lo más preciado y a ella llegamos sin un manual de instrucción, pero sí con una madre, con ese ser que nos trajo al mundo y acompaña en cada etapa, cada paso, con toda la ternura y el cariño que puede existir sobre la faz de la Tierra.

Cada segundo domingo de mayo celebramos la jornada de la mujer más importante en nuestra vida, de las que nos dotan de los consejos que más de una y mil veces nos han sacado de apuros.

El amor que se siente hacia una madre es inigualable. Es superior a cualquier otro y es que este ser maravilloso nos mostró sentimientos incondicionales, lloró nuestras caídas y fracasos, celebró nuestras alegrías y triunfos. Hoy puedes tener 40 años, tener una familia, que allí sigue ella, en esa labor de 24 horas, mostrándote el camino mejor, siendo más perfecta aún, completando el corazón en su actual misión de abuela.

Madre, madre mía. Si Dios me concediera un deseo sería que fueras eterna llena de salud y felicidad, que no me faltaran tus lágrimas en mi tristeza, tu sonrisa en mi alegría, pero sabemos que así no será. Por eso, disfrutemos y cuidemos a ese ejemplo de bondad, entrega y dulzura. Valoremos a nuestra madre mientras esté, porque solo quien ya no la tiene sabe la falta que hace. Mientras podamos, regalémosle multiplicado todo lo que nos dio, pues el tiempo no da marcha atrás.

Hoy démosle las gracias por todo lo que nos ha brindado, por la paciencia y la comprensión. Aunque el calendario diga que este segundo domingo de mayo debo felicitarte y decirte lo mucho que te quiero, espero que sepas, madre mía, que TE AMO todos los días del año.

Eleanet Vidal Arteaga