A veces pensamos que la unidad es natural. Que basta con tener un enemigo común o un sueño parecido para que todos caminen juntos. Pero la realidad es otra.
El comandante en jefe Fidel Castro entendió algo que la unidad no nace sola. Hay que construirla, ladrillo por ladrillo, con paciencia y con escucha.
Desde aquellos días del Moncada, él pudo haberse convertido en un héroe que señalara con el dedo. Pero no. Su gran esfuerzo fue juntar pedazos que parecían incompatibles: jóvenes y viejos, estudiantes y campesinos, creyentes y ateos, radicales y moderados.
¿Cómo lo hizo? Con un método simple: reconocer que cada grupo tenía una verdad a medias. Que nadie sobraba. Que la revolución no sería de una sola cara, sino de un pueblo diverso.
Eso es difícil. Porque unir exige ceder. Exige poner el objetivo común por encima del orgullo propio. Y Fidel, aunque muchos lo recuerdan como un hombre de mano firme, también fue un gran tejedor de consensos y alianzas.
Hoy miramos a nuestro alrededor y vemos divisiones. En la política, en la calle, a veces hasta en la familia. Y entonces vale preguntarse: ¿qué falta? Quizá falta esa voluntad de construir puentes en lugar de quejarnos del abismo.
Fidel lo hizo sin recursos, perseguido, con la muerte al lado. Y, aun así, prefirió sumar antes que restar.
No se trata de idealizarlo. Se trata de aprender una lección, porque la unidad es un trabajo cotidiano. Escuchar al que piensa distinto. Buscar lo que nos une en vez de gritar lo que nos separa.
Del Moncada a la Revolución no hubo un milagro. Hubo muchas manos que aprendieron a remar juntas. Y ese es el verdadero legado de Fidel, no la victoria, sino la forma de construirla.
Algo para pensar, mientras la vida continúa dividiéndonos.
Maybeline Matamoros Álvarez
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