Por: Hernán Yglesias Villar

El cine siempre ha sido un territorio de asombro. Desde aquellas primeras imágenes en movimiento hasta los efectos visuales que hoy parecen borrar los límites entre lo real y lo imaginado, cada etapa ha traído consigo una pregunta parecida: ¿hasta dónde puede llegar?
Ahora, en medio de ese camino, aparece una palabra que despierta curiosidad y también cierta inquietud: inteligencia artificial.
No es un concepto lejano. Ya forma parte de muchos procesos dentro de la industria cinematográfica. Se utiliza para mejorar efectos visuales, restaurar películas antiguas, generar imágenes, optimizar guiones e incluso recrear voces o rostros con un nivel de realismo que, hace unos años, parecía imposible.
El avance es evidente. Las herramientas tecnológicas permiten reducir tiempos de producción, abaratar costos y abrir nuevas posibilidades creativas. Un escenario que, en principio, suena prometedor.
Pero el cine no es solo técnica.
Detrás de cada historia hay una mirada humana, una intención, una sensibilidad que no siempre se puede traducir en datos o algoritmos. Y ahí es donde comienza el debate.
Algunos especialistas señalan que la inteligencia artificial puede convertirse en un apoyo valioso para los creadores, una herramienta que amplía recursos sin sustituir la creatividad. Otros, en cambio, advierten sobre el riesgo de depender demasiado de estos sistemas, hasta el punto de diluir la autoría o uniformar las narrativas.
La discusión no es nueva en el mundo del arte. Cada innovación tecnológica ha generado dudas similares. Ocurrió con la fotografía, con el cine sonoro, con la animación digital. Y, sin embargo, el cine ha seguido encontrando su esencia en la manera de contar historias.
Quizás la pregunta no sea si la inteligencia artificial sustituirá al cine tal como lo conocemos. Tal vez la verdadera interrogante esté en cómo se integrará a ese proceso creativo sin desplazar lo esencial.
Una película no se construye solo con imágenes bien logradas. Se construye con emociones, con conflictos, con silencios que dicen más que cualquier efecto especial. Se construye, incluso, con esos sutiles errores, esos pequeños “gazapos” cinematográficos que luego van apareciendo, pero que revelan a esencia humana del la obra, porque el error, también es parte de esa belleza que nos hace únicos.
En Cuba, donde el cine ha sido históricamente un espacio de reflexión y de identidad, este tema también comienza a asomarse. No desde la urgencia tecnológica, sino desde la necesidad de entender hacia dónde se mueve el lenguaje audiovisual en un contexto cada vez más digital.
La inteligencia artificial puede abrir caminos, puede facilitar procesos, puede incluso sorprender. Pero el cine seguirá necesitando algo que no se programa con facilidad: la capacidad de mirar el mundo y contar lo que ocurre dentro de las personas.
Ahí, en ese territorio, todavía no hay algoritmo que alcance.
El futuro, entonces, no parece una sustitución, sino una convivencia. Una relación que apenas comienza y que todavía tiene más preguntas que respuestas.
Luces, cámara… y una nueva forma de imaginar.

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