La Quebrada del Yuro no era más que un tajo reseco e inhóspito en la geografía desolada del sudeste boliviano. Un abismo de piedras, matorrales espinosos y polvo donde el viento andino silbaba con una frialdad de presagio. Pero aquel 8 de octubre de 1967, ese cañón olvidado se convirtió en el escenario del último acto terrenal de uno de los hombres más novelescos, controvertidos y magnéticos del siglo XX: Ernesto «Che» Guevara.
Hacía meses que la guerrilla boliviana agonizaba. El cerco del ejército regular, entrenado y asesorado por fuerzas especiales norteamericanas, se estrechaba cada día más sobre un puñado de hombres hambrientos, enfermos, acosados por el asma y la falta de agua, pero sostenidos por una voluntad mística que desafiaba toda lógica militar.
Aquel domingo de octubre, la trampa de hierro se cerró definitivamente.
El rugido de las rocas: El cerco del Yuro
A las ocho de la mañana, las patrullas de los Rangers bolivianos detectaron la presencia de los guerrilleros en las profundidades de la quebrada. Eran apenas diecisiete combatientes contra cientos de soldados apostados en las alturas del cañón. La orden del alto mando era tajante: no dejar salir a nadie con vida.
El combate comenzó con la violencia de una tormenta de fuego. El tableteo de las ametralladoras y el estallido de las granadas rebotaban en las paredes de piedra, multiplicando el horror. El Che, fiel a su doctrina de marchar siempre en la retaguardia para proteger la retirada de los heridos y los enfermos, dirigió la resistencia desde el fondo de la hondonada.
Bajo el sol aplastante del mediodía, la balanza se inclinó de forma trágica. Una bala hirió al Che en la pantorrilla izquierda, dificultando sus movimientos. Poco después, otra ráfaga de fuego destrozó la culata de su carabina M-2, dejándola completamente inservible. El guerrillero, el estratega, el médico, se quedaba desarmado en medio de la tempestad.
La lealtad en el abismo y el instante del arresto
Fue en ese instante de vulnerabilidad cuando brilló la lealtad humana. El combatiente boliviano Simeón Cuba Sarabia, «Willy», al ver a su comandante herido y sin armas, corrió bajo el fuego cruzado, lo tomó del brazo y cargó con él cuesta arriba, intentando buscar una salida entre los peñascos.
Pero el destino ya había tomado su decisión. Al coronar una de las lomas, una patrulla comandada por el sargento Bernardino Huanca les cortó el paso. Con los fusiles apuntando al pecho del gigante herido, la historia pareció contener el aliento por un segundo.
La mirada del Che, cansada pero altiva bajo su boina gastada, se cruzó con la de los jóvenes soldados. En medio del silencio repentino que sucede a la batalla, brotaron las palabras que marcarían el fin del combate y el inicio del mito:
«No tiren, soy el Che Guevara, y valgo más vivo que muerto».
Aquella frase, lejos de ser un ruego, fue la última constatación de su peso en la historia. Desarmado, con la ropa hecha jirones por la selva y la sangre manando de su pierna, el Che se entregaba con la dignidad de quien se sabe vencido por las circunstancias, pero jamás por el miedo.
El camino a La Higuera: El nacimiento del mito
Atados de manos, el Che y Willy fueron conducidos por el escarpado sendero hacia el pequeño caserío de La Higuera. El Comandante caminaba con dificultad, apoyado en sus captores, pero manteniendo la cabeza erguida, con esa hidalguía quijotesca que lo acompañó desde su juventud.
Lo encerraron en la humilde escuela del pueblo, sobre el piso de tierra, bajo la custodia de soldados asombrados que no podían creer que aquel hombre demacrado fuera el temido guerrillero que había desafiado a imperios enteros.
Los militares y la CIA celebraron la captura como el fin de una era. Pensaron que al apresar al hombre, asfixiaban la utopía. No sospechaban que en aquella tarde de octubre, en la Quebrada del Yuro, las armas españolas solo habían logrado detener el corazón de Ernesto Guevara de la Serna para abrirle paso, de manera definitiva e inmortal, a la leyenda eterna del Che.
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