Aquel 19 de noviembre de 1958, el aire de Las Villas no solo transportaba el olor a pólvora, sino también la voz de la victoria. En una frecuencia mística de Radio Rebelde, la Columna 8, liderada por el Che, buscaba la señal de la Columna 2, comandada por Camilo. Eran las tres de la tarde y el Frente Norte y el Sur se entrelazaban en un diálogo que duraría 35 minutos y cambiaría el curso de la invasión.
Pero lo más asombroso de esta hazaña ocurrió lejos de las montañas, en la clandestinidad de una Habana vigilada. En el número 253 de la calle Alvarado, en Santa Amalia, un joven llamado Andrés Soto desafiaba al miedo. Con el ingenio de quien sabe que la historia no se puede perder, conectó un viejo receptor de acero —reliquia de la Segunda Guerra Mundial— a una grabadora de cinta. El pretexto ante los ojos extraños era su trabajo en una agencia de publicidad; la realidad, era atrapar las voces de los gigantes.
En medio de la estática, Camilo y el Che hablaban un lenguaje cifrado. «Fideo» y «arroz» no eran ingredientes de una cena, sino las claves tácticas para avanzar en la liberación de Cuba. Gracias a la audacia de Soto, ese diálogo no se lo llevó el viento. Hoy, aquel radio de acero descansa en el Museo de la Revolución, recordándonos que la libertad también se construyó con cables, audacia y el compromiso de un joven que decidió que el futuro debía ser escuchado.
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