Hablar de Fidel como el gran estratega de nuestra lucha de liberación nacional no es para mí recitar una lección de historia; es sentir un nudo en la garganta y un escalofrío de profunda admiración.
Cuando me detengo a contemplar el mapa de nuestra gesta —desde la audacia incomprendida del Moncada hasta la epopeya del Granma y las brechas abiertas en la Sierra Maestra— no puedo evitar preguntarme: ¿de qué madera insólita estaba hecho este hombre para ver luz donde el resto del mundo solo veía oscuridad? Fidel no fue simplemente un jefe militar al mando de una tropa; fue, ante todo, el gran arquitecto de la esperanza. Tuvo la genialidad casi mística de transformar cada revés en una lección de dignidad, y cada derrota táctica en el cimiento de la victoria definitiva.
Siento que su verdadera maestría como estratega no residió únicamente en el manejo impecable de la guerra de guerrillas o en la audacia de enviar las columnas invasoras al occidente de la Isla. Su genio radicó en haber descifrado, como nadie, el alma de Cuba. Fidel comprendió que la batalla decisiva no se ganaba solo con fusiles, sino con la conciencia. Supo unir a un pueblo fragmentado, convirtió la verdad en su arma más letal y transformó el dolor de los desposeídos en la fuerza moral más imbatible del Caribe.
Miro hacia atrás y lo veo, con su uniforme verde olivo y la mirada perdida en el horizonte del lomerío, trazando jugadas que parecían imposibles en el tablero de la historia. En lo personal, su legado como estratega no representa para mí un capítulo cerrado en los libros; es un faro encendido para el presente. Nos enseñó la estrategia más hermosa y difícil de todas: que no hay gigante invencible cuando se lucha por una causa justa, que la lealtad y la unidad son inquebrantables, y que la rendición jamás será una opción para los dignos.
Fidel no solo diseñó la estrategia para liberar a una Patria; nos dejó, para siempre, la estrategia para sostener su libertad. Y esa es, sin duda, su victoria más eterna.
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