En la tarde del 21 de octubre de 1893, Julián del Casal llegó a la redacción de La Habana Elegante. Allí escribió un suelto titulado «Mi libro de Cuba», dedicado al texto de Lola Rodríguez de Tió. Fue una jornada como tantas para el poeta: hecha de palabras, encuentros y esa sensibilidad que parecía mirar siempre más allá de lo visible. Sin embargo, aquella tarde sería la última.
Al caer la noche, Casal acudió a cenar a la casa del doctor Lucas de los Santos Lamadrid, en Prado 111, hogar de una familia amiga. La conversación animó la sobremesa. En algún momento, uno de los presentes hizo un chiste y el poeta soltó una carcajada. La alegría, inesperadamente, se volvió despedida: sufrió una hemorragia y murió a causa de la rotura de un aneurisma. Tenía apenas 29 años.
La escena conmueve por su sencillez. No hubo un largo adiós ni una última palabra solemne, sino una mesa compartida, una broma y una risa. Pero, semanas antes, Casal había dejado entrever que sentía cercana la muerte. En una carta fechada el 7 de febrero de 1893, dirigida a su amigo Rubén Darío, le hablaba de su enfermedad, de la incertidumbre de los médicos y de su cariño intacto.
«Aun al borde de la tumba, a donde pronto me iré a dormir, te quiero y te admiro cada día más», escribió. También confesaba que había recibido dos veces los santos sacramentos desde julio y que, aunque se encontraba mejor, no tenía esperanzas de curación. Su dolencia era, para quienes lo atendían, «un mal oscuro y misterioso».
La carta guarda una ternura luminosa: junto al presentimiento de su final, Casal piensa en Darío, en sus libros y en la amistad. Incluso menciona el volumen que «La Habana Elegante» preparaba para editar y que, con modestia, juzga sin gran valor. La literatura seguía acompañándolo, como una conversación que la muerte no alcanzaría a interrumpir.
Su nombre había circulado por las páginas de «Familia», «Ecos de las Damas», «La Lucha» ,»El Pueblo», «El Triunfo» y «La Unión Constitucional» En periódicos y revistas, su escritura encontró lectores y caminos. La Habana perdió a un poeta joven; la poesía, en cambio, conservó su voz.
De aquella noche permanece una imagen inolvidable: Casal ríe entre amigos, y la risa, fugaz como la vida, queda suspendida para siempre en la memoria.
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