Cuando un niño llega a su casa y dice que no quiere ir más a la escuela, muchas veces los padres pensamos que es flojera, que es una rabieta, que se le pasa. Pero a veces detrás de esa frase hay algo más grave: un compañero que se ríe de él todos los días, que lo aísla, que lo humilla frente a los demás. Y eso no es un juego. Eso es bullying.

El bullying no es solo golpes. Es el apodo cruel que se repite hasta que duele, es la burla por la ropa o por el físico, es dejar a alguien solo en el receso, es el mensaje hiriente en el grupo de WhatsApp. Y lo peor es que muchas veces los adultos lo vemos y no hacemos nada, o decimos «son cosas de muchachos». Pero no lo son. Un niño que es acosado todos los días puede dejar de comer, puede aislarse, puede perder el interés por estudiar, y eso le puede marcar la vida entera.

¿Por qué un niño acosa a otro? Casi nunca es porque sea malo de nacimiento. Muchas veces está repitiendo lo que ve en su casa, o busca llamar la atención porque no la tiene en otro lugar, o se siente fuerte cuando humilla a alguien más débil. Y ahí está la clave: el acoso casi siempre tiene detrás un adulto que no está mirando, o que mira para otro lado.

Entonces, ¿qué hacemos? En la escuela, los maestros no pueden esperar a que el problema explote. Tienen que estar atentos a las burlas, a los niños que se quedan solos, a los cambios de conducta. Y cuando vean algo, actuar de inmediato, sin minimizar, hablando con el agresor y con el agredido, y también con el grupo, porque el silencio de los demás también hace daño.

Y en la casa, lo más importante es escuchar. Si un hijo cuenta que lo están molestando, no le digamos «defiéndete a golpes» ni «algo habrás hecho». Escuchemos, apoyémoslo, y acudamos a la escuela. Y si nos enteramos de que nuestro hijo es el que está molestando a otro, no lo defendamos a ciegas. Pongámosle límites claros, sin gritos ni humillaciones, y revisemos también qué está viendo en casa.

En San Antonio de los Baños, como en cualquier lugar, el bullying existe. No hace falta tener estadísticas para saberlo. Basta con escuchar a un niño que no quiere ir a la escuela. La pregunta es si estamos dispuestos a escucharlo de verdad, o si vamos a seguir diciendo que son cosas de muchachos. Porque no lo son. Y callar también es una forma de acosar.

Dayamí Tabares Pérez
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