Dicen que la primera batalla de Fidel Castro no fue en la sierra, sino en las aulas. No con fusiles, sino con libros. Cuando llegó al poder, la educación en Cuba era un lujo de pocos. Los niños del campo crecían sin ver una escuela. Los pobres no soñaban con ser profesionales. Era un país a medias, un país con una deuda histórica.

Fidel no lo dudó. Puso la educación en el centro de todo. Organizó la Campaña de Alfabetización y envió a miles de jóvenes a lo más profundo de la isla. Con una linterna y un manual, enseñaron a leer a quienes nunca habían tenido esa oportunidad.

El resultado fue una hazaña reconocida por el mundo entero: Cuba declaró su territorio libre de analfabetismo en solo un año. Pero eso fue solo el principio. Luego vinieron las escuelas en cada pueblo, las becas para hijos de obreros y campesinos, las universidades abiertas para todos. La matrícula estudiantil creció como nunca antes.

Fidel convirtió la educación en un derecho y no en un favor. Formó maestros, médicos, científicos. Y esos profesionales hoy llevan el nombre de Cuba por todo el planeta.

Su legado no fue solo enseñar a leer. Fue enseñar que el conocimiento transforma vidas. Que un pueblo instruido es un pueblo soberano. Y que la educación, bien hecha, es el camino más corto hacia la justicia.

Dayamí Tabares Pérez
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