Mientras muchas personas descansan, en un hospital siempre hay una luz encendida y unos pasos que recorren pasillos en silencio. Allí están los enfermeros. Revisan un suero, toman la presión, acomodan una almohada o sostienen una mano en medio de la madrugada. Su trabajo no se detiene y casi nunca espera reconocimiento.
En cada sala de un policlínico o un hospital, los enfermeros forman parte de la vida de quienes llegan con dolor, preocupación o incertidumbre. Son los primeros en escuchar y muchas veces los últimos en despedirse al final de una guardia. Aprenden a convivir con el cansancio y con las emociones que deja cada paciente, pero aun así continúan.
Hay enfermeros jóvenes que comienzan su camino con nervios y deseos de ayudar, y otros con años de experiencia que conocen cada detalle del oficio. Todos comparten la responsabilidad de cuidar, acompañar y transmitir confianza en momentos difíciles. En ocasiones, una palabra de aliento o un gesto sencillo cambia el día de una persona ingresada.
La enfermería también vive fuera de los hospitales. Está en las consultas, en las campañas de vacunación, en las visitas a comunidades y en la atención a adultos mayores, niños y familias. Detrás de cada jornada existe esfuerzo, preparación y compromiso con la salud de la población.
Ser enfermero significa permanecer al lado de quien necesita apoyo, incluso en circunstancias complejas. No siempre aparecen en los titulares, pero forman parte de historias de recuperación, esperanza y vida.
Cada uniforme guarda horas de sacrificio y entrega. Por eso, hablar de enfermería es hablar de personas que eligieron servir a los demás. Su labor recuerda que la salud también se construye con sensibilidad, dedicación y humanidad.
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