Por: Hernán Yglesias
Cuando la tierra tiembla, no solo se mueven los edificios: también se sacuden las certezas. En cuestión de segundos, una casa puede desaparecer, una escuela puede convertirse en escombros y una familia puede quedar marcada para siempre.
Cada 29 de abril se recuerda el Día Internacional en Memoria de las Víctimas de los Terremotos, una fecha que no solo mira al pasado, sino que insiste en una idea urgente: proteger la vida antes, durante y después del desastre.
Pero entre todas las imágenes que deja un terremoto, hay una que se repite y duele más: la de los niños.
Ellos no entienden de placas tectónicas ni de estadísticas. Entienden de pérdidas, de cambios bruscos, de noches sin techo y de preguntas que muchas veces no tienen respuesta.
Los terremotos son considerados entre los desastres naturales más mortíferos. Pueden destruir comunidades enteras en segundos y dejar consecuencias que duran años, no solo en lo material, sino también en lo emocional.
En ese escenario, la infancia se vuelve especialmente vulnerable.
Un niño que sobrevive a un terremoto no solo necesita alimento o abrigo, necesita estabilidad; necesita volver a sentir que el mundo no se derrumba a cada instante. Por eso, los especialistas en atención a desastres coinciden en que la ayuda no debe centrarse únicamente en lo físico, sino también en lo psicológico.
Crear espacios seguros, restablecer rutinas, garantizar el acceso a la educación y ofrecer acompañamiento emocional son pasos esenciales para su recuperación. No es solo reconstruir escuelas, es devolverles la posibilidad de aprender sin miedo.
En muchos lugares del mundo, tras un sismo, se habilitan refugios temporales donde los niños reciben atención integral. Allí juegan, dibujan, hablan. Parece algo simple, pero en realidad es una forma de sanar, porque el juego también reconstruye.
La comunidad internacional insiste en que la preparación es clave. No se pueden evitar los terremotos, pero sí reducir sus efectos con construcciones más seguras, educación preventiva y planes de respuesta eficaces.
Sin embargo, cuando el desastre ya ocurrió, la solidaridad se vuelve imprescindible. Cada historia de rescate, cada mano que ayuda, cada gesto que acompaña, cuenta.
En Cuba, aunque no es un país de alta actividad sísmica en la mayor parte de su territorio, la cultura de la prevención ante desastres naturales forma parte de la vida cotidiana. Y en esa cultura hay un principio claro: proteger a los más vulnerables.
Pensar en los niños después de un terremoto es pensar en el futuro, porque ellos no solo sobreviven al desastre, también cargan con sus recuerdos. Y de cómo se les acompañe en ese momento dependerá, en gran medida, la manera en que reconstruyan su vida.
Hablar de este día no es solo recordar tragedias, es aprender de ellas. Es entender que, más allá de las cifras, hay rostros, historias, infancias que necesitan cuidado.
Después del temblor, el silencio puede ser largo, pero también puede ser el comienzo de algo distinto.
Si hay manos que acompañan, si hay comunidades que sostienen,
si hay niños que, poco a poco, vuelven a sonreír.
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