El 15 de febrero de 1898, a las 9:40 de la noche, la Bahía de La Habana fue estremecida por una explosión ensordecedora. El acorazado estadounidense USS Maine volaba por los aires, cobrándose la vida de 266 marinos. Sin embargo, más allá de la tragedia humana, aquel evento pasaría a la historia como una de las operaciones de «falsa bandera» más cínicas de la época.

Hoy, la historiografía seria y las investigaciones técnicas coinciden en lo que el pueblo cubano denunció desde el primer día: la explosión no fue un ataque español, sino un evento provocado —o convenientemente utilizado— por los propios Estados Unidos para intervenir en una guerra que Cuba ya le estaba ganando a España.

Bajo el grito de «Remember the Maine!» (¡Recuerden el Maine!), la prensa amarillista de la época manipuló a la opinión pública estadounidense, justificando la entrada de Washington en la contienda. El objetivo era claro: evitar la victoria total del Ejército Libertador y sustituir el colonialismo español por el neocolonialismo estadounidense.

La explosión del Maine no fue un accidente, fue el pretexto necesario para truncar la independencia de Cuba e imponer, años más tarde, la Enmienda Platt. Recordar este hecho hoy es fundamental para entender que la libertad de nuestra isla ha sido, y sigue siendo, defendida frente a las ambiciones de quienes ven en nuestra soberanía un obstáculo para su expansión.

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