El 21 de septiembre de 1958, en las montañas de Soledad de Mayarí Arriba, se escribió una página fundamental de la historia cubana. En pleno fragor de la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista, el Segundo Frente Oriental “Frank País” fue testigo de un evento sin precedentes: el Primer Congreso Campesino en Armas. Presidido por el Comandante Raúl Castro Ruz, este encuentro no fue simplemente una asamblea, sino una demostración monumental de unidad, sacrificio y determinación por parte de quienes, hasta entonces, habían sido los grandes olvidados del campo.
Imagínate la escena: más de 2000 delegados representando a 84 bases campesinas, recorriendo caminos difíciles bajo la lluvia persistente y el constante peligro de los bombardeos enemigos. No caminaron solo por obligación; caminaron por convicción. Cada paso que daban hacia Soledad de Mayarí era un paso hacia la libertad. Fue un momento profundamente humano, donde la gente del campo, acostumbrada al trabajo duro y al silencio, alzó su voz para decir «basta» y comprometerse con el futuro de la Revolución.
Lo que allí se debatió marcó un antes y un después. En ese congreso se denunció con firmeza la explotación a la que estaban sometidos los trabajadores rurales y se reafirmó algo esencial: la alianza obrero-campesina. Fue un encuentro que trascendió la guerra, porque no solo se hablaba de tácticas militares, sino de justicia social. Allí germinó la semilla de lo que pronto sería la Reforma Agraria, una promesa de que la tierra pertenecería finalmente a quienes la cultivaban con sus manos.
Ese día, el campesinado cubano demostró que no eran simples espectadores de la historia, sino sus protagonistas. El congreso fue, en esencia, la voz de hombres y mujeres decididos a conquistar la dignidad que por décadas les fue negada. Aquella jornada no fue solo un evento del pasado; fue la semilla que dio origen, tiempo después, a la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP).
Hoy, al mirar hacia atrás, ese 21 de septiembre nos recuerda la importancia de la unidad ante la adversidad. Fue un símbolo de esperanza que nos enseña que, cuando un pueblo se organiza y lucha por un ideal justo, no hay amenaza ni lluvia que pueda detener su camino hacia un futuro mejor. Recordar este congreso es honrar el sacrificio de aquellos campesinos que, en armas, soñaron con una Cuba más justa para sus hijos.
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