Al caer la última aurora de 2025, cuando el horizonte se tiñe de un rojo anaranjado que anuncia el amanecer de un nuevo ciclo, la familia se reúne en torno a la mesa de madera gastada por los años y las historias compartidas. El reloj marca las doce con el estruendo de campanas que parecen susurrar promesas de futuro, y en cada mirada se dibuja la certeza de que el tiempo es un regalo que se vuelve más valioso cuando se comparte.
El optimismo no es una palabra vacía; es la luz que se filtra por las rendijas del pasado y se posa sobre los rostros de los hijos y nietos, animándolos a soñar con la posibilidad de un mañana mejor. La familia, ese círculo sólido y cálido, se convierte en el refugio donde cada voz encuentra eco y cada corazón late al mismo compás. En la mesa se colocan los platos típicos: tamales recién hechos, arroz con pollo y una taza de café que perfuma el aire con aromas de hogar.
El brindis comienza con un sorbo de aguardiente casero, símbolo de unión y tradición; cada sorbo es una promesa silenciosa: “Que este año nos encuentre fuertes y llenos de esperanza”. Los niños ríen como si su risa fuera un canto a la vida; las parejas intercambian miradas que hablan más que las palabras pueden expresar; los abuelos cuentan cuentos que relatan días pasados con la misma pasión que hoy se vive.El nuevo año se celebra también con actos simbólicos: la lámpara que se enciende en el centro del salón simboliza la luz interior que cada miembro aporta al conjunto familiar. Se acostumbra a escribir deseos en papelitos coloridos y colgarlos sobre el árbol decorado con luces parpadeantes; cada luz representa un sueño compartido que espera florecer bajo el sol del próximo año.
La devoción a la familia se refleja en gestos sencillos: abuelos que abrazan a sus nietos con manos arrugadas pero firmes; madres que sirven el almuerzo con el mismo cuidado con el que cuidan a un pequeño tesoro; hijos que ofrecen ayuda para limpiar los platos sin esperar reconocimiento alguno. Es en esos momentos cotidianos donde nace la verdadera fuerza del hogar: una cadena de afecto inquebrantable que sostiene a todos cuando las tormentas del mundo intentan quebrarla.El optimismo también está presente en la forma en que cada uno mira hacia adelante: planes para aprender nuevos oficios, proyectos para mejorar el jardín familiar o simplemente decidir pasar más tiempo juntos sin distracciones tecnológicas. Cada decisión es un paso firme hacia un futuro donde la familia sigue creciendo y fortaleciéndose como una obra maestra colectiva.
Al apagar las velas y cerrar los ojos para agradecer al año viejo por sus lecciones y al año nuevo por sus posibilidades, todos sienten una corriente cálida recorrer su pecho, recordándoles que el verdadero tesoro no está en lo material sino en el vínculo invisible que une corazones generacionales. El optimismo es ese fuego interno que nunca cesa cuando los seres queridos están presentes; es la certeza de que juntos podemos superar cualquier obstáculo.
Así termina la celebración: no solo con música y baile sino con una promesa silenciosa hecha frente al espejo del tiempo: “Este nuevo año lo construiremos juntos”. Y mientras las luces titilan suavemente sobre el techo, cada miembro del hogar lleva consigo un pequeño faro dentro de su pecho—un faro de amor incondicional y esperanza renovada para los días venideros.
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