La preocupación de Fidel Castro ante los fenómenos meteorológicos en Cuba fue una constante personal y profundamente activa, no limitada a la retórica oficial. Se caracterizó por su presencia física directa en las zonas de desastre, una obsesión por la protección de la vida humana y la visión de convertir la catástrofe en oportunidad para el desarrollo.
Fidel no dirigía las crisis desde un despacho alejado. La evidencia histórica muestra que se trasladaba a las áreas más peligrosas, asumiendo riesgos personales considerables. Durante el ciclón Flora en 1963, que causó aproximadamente 2,000 muertes, dirigió personalmente las operaciones de rescate. No solo utilizó todos los recursos disponibles como aviones, helicópteros, botes y vehículos anfibios, sino que llegó a nadar en las zonas inundadas para apoyar las labores de salvamento.
En una de estas acciones, el vehículo anfibio en el que se desplazaba casi fue arrastrado por la corriente del río, salvándose gracias a la pericia de un campesino. Esta conducta se repitió en huracanes como Lily en 1996, Michelle en 2001 y Charley e Iván en 2004. Se le documenta impartiendo instrucciones en los puestos de mando provinciales, recorriendo áreas afectadas bajo condiciones climáticas severas y dando aliento directo a los damnificados.
Su preocupación central, expresada repetidamente, era que no se perdieran vidas humanas. Esta prioridad se tradujo en acciones concretas de protección civil. En sus reflexiones y en las reuniones de los Consejos de Defensa, Fidel insistía en que lo primero siempre es asegurar que no se pierdan vidas. Esta directriz guiaba la evacuación masiva de población en zonas de riesgo, como las 86,000 personas evacuadas en La Habana ante el huracán Lili. Su preocupación no se limitaba a los residentes. En 1996, durante el huracán Lili, se interesó explícitamente por el bienestar de los casi 7,000 turistas extranjeros en Varadero, afirmando que sentía por ellos la misma preocupación que por todo el pueblo cubano.
La preocupación de Fidel trascendía la respuesta inmediata; buscaba soluciones estructurales para mitigar el impacto futuro. Tras el desastre de 1963, no se limitó a la reconstrucción. En un discurso televisado, propuso un plan ambicioso para represar todos los ríos, construyendo embalses y obras hidráulicas para que las lluvias futuras, en lugar de ser una desgracia, se convirtieran en una fuente de riqueza y seguridad para la agricultura. Mostraba un interés inusual por los detalles técnicos de los huracanes.
Preguntaba insistentemente a expertos como el doctor José Rubiera sobre trayectorias, intensidades y el funcionamiento de radares y satélites. Además, buscaba traducir esos conceptos complejos a un lenguaje sencillo para el pueblo, como cuando popularizó el término corcoveo para describir el movimiento errático del ojo del huracán Iván.
La preocupación de Fidel Castro por los fenómenos meteorológicos era una parte integral de su estilo de liderazgo. Se manifestaba como una presencia física y un riesgo compartido, una prioridad inquebrantable por la vida y un esfuerzo por transformar la vulnerabilidad del país a través de la infraestructura y el conocimiento científico.
Dayamí Tabares Pérez
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