El consumo de droga crea una prisión invisible. Primero, ofrece una falsa puerta de escape. La persona busca alivio, busca pertenencia o solo experimentar. Pero la puerta se cierra de golpe. Entonces, no es la persona quien consume la droga. Es la droga quien consume a la persona.
El cerebro se transforma. Los circuitos que gestionan el placer y la decisión sufren daño. La sustancia se convierte en una necesidad física, un mandato irracional que domina todo. El estudio, el trabajo, las relaciones personales, pierden importancia. Solo existe la necesidad del próximo consumo.
La familia sufre y a menudo no entiende. Ve a una persona distinta, impulsiva, distante. Puede sentir rabia, culpa o miedo. Pero aquí la acción debe ser inmediata. Hablar con claridad, sin juicio, pero con firmeza es el primer paso. Buscar información profesional es el segundo. Negar el problema o esperar a que se resuelva solo es el error más común y el más peligroso.
La adicción es una enfermedad, no un fallo moral. Como una herida grave, necesita tratamiento especializado. Existen centros con programas específicos. Terapia individual, grupos de apoyo, intervención familiar. La recuperación es un camino duro, con recaídas posibles, pero es un camino real.
Nadie elige convertirse en adicto. Pero sí puede elegir pedir ayuda. Y una familia puede elegir apoyar ese paso decisivo. La esperanza no es un sentimiento pasivo. Es una decisión, seguida de una llamada, de una consulta, de un primer paso hacia la puerta de salida de la adicción.
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