Vamos a hablar de algo que seguramente vemos a diario cuando salimos a la calle o incluso desde nuestras casas. Porque cuando las indisciplinas sociales se apoderan de un pueblo, ese pueblo, aunque no lo parezca, comienza aceptar esa condición y vuelve a la comodidad.

Usted y yo lo sabemos: San Antonio de los Baños se está acostumbrando a vivir entre actitudes que no deberían ser normales. Y cuidado, porque esas indisciplinas, esas pequeñas violaciones que parecen aisladas, al final corroen a la sociedad desde su esencia. Y lo más alarmante no es solo que ocurran, sino que a veces quienes las hacen siguen tan campantes, como si nada pasara, como si nadie pudiera hacer nada.
¿A quién no le ha pasado? Está usted en su casa después de un día largo de trabajo, buscando un poco de paz, y de pronto: gritos, palabras obscenas a todo volumen, una discusión que no lleva a nada… o la música a niveles que ya no son para disfrutar, sino para molestar. Y no es solo en un barrio, es en varios. Porque hoy se ha hecho común que en lugares públicos olvidemos que hay otras personas.
Y si salimos a la calle, el panorama continúa. ¿Cuántas veces hemos visto la típica motorina que pasa a altas velocidades, con un ruido estrepitoso? ¿O las frecuentes fiestas de los principios de fin de semana? Parece que la norma es “yo hago lo que me dé la gana”.
Pero déjeme decirle algo: lo más triste es ver cómo tratamos lo que es de todos. Porque no solo son las calles o el ruido. Es que maltratamos nuestros parques, esos lugares donde fuimos a jugar de niños o donde hoy llevamos a los nietos. Están los monumentos, los árboles, las áreas verdes… hasta el río sufren el golpe de quien no entiende que eso no es de “ellos”, es de “nosotros”.
Y entonces uno se pregunta: ¿esto qué es? ¿Falta de educación? ¿Falta de autoridad? Yo creo que es un poco de todo, pero sobre todo una cosa: la pérdida de esos valores que nos enseñaron en casa, esos que nos decían que lo público se cuida, que el respeto al otro no se negocia.
Si nos acostumbramos a mirar para otro lado, si dejamos que la indisciplina siga actuando sin que nadie diga nada, entonces nos estaremos acostumbrando a vivir en un lugar que ya no es el que queremos.
San Antonio de los Baños merece más. Merece que le pongamos el mismo cariño con el que defendemos lo nuestro. Porque al final, lo público también es nuestro. Y mientras no lo asumamos así, seguiremos perdiendo lo más valioso: la armonía de vivir juntos.
Hagamos la prueba. Empecemos por casa. Que el cambio no lo espere nadie más que nosotros. Porque si algo nos ha enseñado la vida es que cuando la comunidad se une, hasta lo más difícil se endereza.
Maybeline Matamoros Álvarez
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