Las discusiones entre padres son parte de la convivencia, pero cuando se vuelven frecuentes o agresivas, los niños se convierten en víctimas silenciosas. La ciencia lo confirma: no hacen falta golpes para lastimar a un hijo; a veces, basta con el grito o el silencio tenso que le sigue.

Todos los que tenemos hijos o trabajamos con ellos sabemos que los niños lo perciben todo. Los psicólogos explican que los pequeños no ven las discusiones como un simple intercambio de opiniones; para ellos, una pelea entre sus padres representa una amenaza a su seguridad y al vínculo familiar que los sostiene . Sienten miedo, tristeza, y muchas veces, creen que ellos son la causa del conflicto .

Pero el daño no es solo emocional. Investigaciones revelan que los niños expuestos a peleas constantes tienen mayor riesgo de padecer problemas de sueño, dificultades académicas y trastornos de salud mental .

Otros estudios revelan que la discordia familiar puede dañar físicamente su cerebro que está en desarrollo.

Ahora bien, ¿esto significa que debemos evitar cualquier desacuerdo delante de ellos? No exactamente. Los especialistas señalan que los niños pueden beneficiarse al ver que sus padres resuelven un conflicto de manera respetuosa. Aprenden así que es posible discrepar sin romper el vínculo, que las palabras pueden reparar las diferencias .

El problema no es la discusión en sí, sino la forma: los gritos, los insultos, el desprecio y, sobre todo, la falta de una resolución.

Como sociedad y como padres, debemos preguntarnos qué ejemplo estamos dando. Los niños aprenden de lo que ven: si ven violencia, la repetirán; si ven diálogo y respeto, incorporarán esas herramientas para su propia vida . La invitación es, que cuando discutamos, lo hagamos lejos de los oídos de los pequeños. Y si ellos han presenciado el conflicto, hagamos el esfuerzo de cerrar el ciclo, de mostrarles que el amor también sabe pedir perdón y llegar a acuerdos. Porque al final, lo que más duele a un niño no es escuchar una discusión, sino sentir que su hogar y su refugio, se vuelve inseguro. Y ese es un daño que ningún niño debería cargar

Maybeline Matamoros Álvarez
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