La mañana del 11 de marzo de 1895, el cielo cubano se iluminaba con un sol radiante, mientras el Ejército Libertador, al mando de los generales Antonio Maceo y Máximo Gómez, se preparaba para llevar a cabo una de las campañas más audaces de la Guerra de Independencia. La invasión a Occidente no solo representaba una maniobra militar; era la materialización de un sueño, el anhelo de un pueblo que deseaba romper las cadenas del colonialismo español.
Maceo, conocido como el «Titán de Bronce», y Gómez, el «Generalísimo», eran dos figuras emblemáticas que encarnaban la resistencia y la determinación. Su plan consistía en cruzar la isla desde Oriente, llevando la llama de la libertad a cada rincón, provocando un levantamiento general que forzara a España a dividir sus fuerzas. Este movimiento no solo buscaba la victoria en el campo de batalla, sino también la movilización de la población cubana, que había esperado durante años la oportunidad de luchar por su libertad.
A medida que el ejército avanzaba, las noticias de sus victorias resonaban en cada hacienda y pueblo. Los campesinos, cansados de la opresión, se unían a las filas del Ejército Libertador, aportando no solo hombres, sino también provisiones y apoyo logístico. La estrategia era clara: desestabilizar al enemigo y crear un frente unido que abarcara toda la isla. En cada encuentro con las tropas españolas, Maceo y Gómez demostraban su valentía y astucia, convirtiendo cada batalla en un símbolo de resistencia.
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