La noche del 31 de diciembre no llega igual a todas las casas. En muchas familias, el nuevo año se recibe con una mesa sencilla y con ausencias que pesan más que cualquier ruido de celebración. Hay sillas vacías que recuerdan a quienes están lejos, a los que un día partieron buscando un futuro mejor y hoy solo pueden estar presentes a través de una llamada o un mensaje.
Mientras el reloj avanza, la familia se reúne como puede. Se comparte lo que hay, se reparte con cuidado y se agradece cada esfuerzo. La escasez se nota, pero no impide el encuentro. En cada plato preparado hay sacrificio, en cada gesto hay amor, y en cada mirada se reconoce la fuerza de seguir unidos a pesar de las dificultades.
La migración ha cambiado la manera de celebrar. Madres que esperan una voz al otro lado del teléfono, abuelos que levantan la copa pensando en un abrazo pendiente, niños que aprenden a decir feliz año mirando una pantalla. Aun así, la esperanza se mantiene viva, porque la familia sigue siendo el lugar donde todo comienza y donde todo regresa.
Cuando llegan los últimos segundos del año, el ruido se apaga por un instante. Cada persona guarda un deseo, una promesa, una petición silenciosa. Se piensa en lo perdido, en lo vivido y en lo que aún queda por construir. El nuevo año entra sin lujos, pero con la certeza de que resistir juntos también es una forma de celebrar.
Porque, aunque falte mucho y duela la distancia, la familia sigue siendo el mayor motivo para creer que un año mejor es posible.
Erica De la Nuez
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