Hablemos de algo que sucede en algunos hogares, quizás en el nuestro propio: la presencia del alcohol en la vida cotidiana cuando hay niños y niñas cerca. Y no me refiero solo a grandes celebraciones o excesos evidentes, sino a esa normalización tan sutil del vino en la comida, la cerveza «de diario» o el brindis que se repite con frecuencia.
Los niños, esos pequeños observadores que todo lo absorben, van construyendo su mapa del mundo a través de lo que ven en casa. Para ellos, lo que hace mamá, papá o el abuelo no es una opción entre muchas, es «lo normal», es «lo que hacen los adultos». Y ahí surge la primera gran implicación, porque sin darnos cuenta, estamos modelando una conducta. Les estamos enseñando, con el ejemplo diario, que el alcohol es un acompañante necesario para la comida, para la alegría, para el descanso o para la tristeza.
Pero hay algo más profundo. Pensemos en las implicaciones emocionales. Un niño no entiende de grados de alcohol, pero entiende perfectamente los cambios de actitud. Percibe cuando el papá se vuelve más efusivo de lo normal, o cuando la voz se eleva sin motivo, o cuando esa «relajación» de mamá en realidad la desconecta de lo que pasa a su alrededor. Eso genera confusión. El hogar, que debería ser el espacio de mayor seguridad, puede volverse, aunque sea por momentos, un escenario extraño.
No se trata de juzgar, ni de satanizar. Todos hemos tenido una copa de más en alguna ocasión. La reflexión va más por el lado de la conciencia colectiva, de un «nosotros» como sociedad y como familia. ¿Qué mensaje estamos transmitiendo cuando el alcohol está tan integrado que ya ni lo notamos? ¿Les estamos regalando a nuestros hijos una relación saludable con la fiesta y la celebración, o les estamos heredando una muleta?
La invitación es a observar con otros ojos. A preguntarnos, como adultos responsables, si ese brindis puede ser igual de festivo con un jugo o un agua fresca. Si ese «momento de relax» puede ser un paseo, un cuento o simplemente cinco minutos de silencio compartido. Porque al final, lo que ellos recordarán no será el sabor del vino que nunca probaron, sino nuestra presencia auténtica, clara y constante. Esa que no necesita de nada para estar ahí, brillando por sí sola.
Al fin y al cabo, se trata de eso, de pensar juntos el mundo que estamos construyendo, desde la mesa de casa.
Maybeline Matamoros Álvarez
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