¿Alguna vez han escuchado con atención la letra de un reggaetón y han sentido que algo no encaja? Más allá del ritmo que nos hace bailar, hay un mensaje que se repite como un virus en muchas de estas canciones.
Es un mensaje que dice: «El amor romántico es una mentira, los besitos y las flores son para débiles, el sentimentalismo solo causa dolor».
Y ante ese dolor, ¿qué nos proponen? No nos proponen sanar, ni comunicarnos, ni ser mejores. Nos venden una falsa solución: volvernos cínicos, endurecer el corazón y buscar refugio en una supuesta «tradición». Una tradición que en realidad son roles rígidos y desiguales, donde la mujer, herida, debe cambiar su esencia para no ser traicionada otra vez.
Es una trampa peligrosa. Por un lado, denigra a la mujer: la pinta como ingenua por haber creído en el amor, y le dice que para sobrevivir debe dejar de sentir y someterse a un guión de control. Y por otro lado, romantiza la traición. La convierte en un juego donde la salida no es cortar por lo sano, sino pagar «con la misma moneda». Y ahí está el engaño: si tú pagas con traición, dejas de ser la persona lastimada para convertirte en parte del problema. La dignidad no está en devolver el golpe, sino en salir del ring.
Y aquí está mi mayor preocupación: este no es un mensaje para adultos que ya tienen su criterio formado. Este ritmo y estas letras son el pan de cada día de nuestros jóvenes, y peor aún, de nuestros niños.
¿Qué peligro implica? Un peligro inmenso. Porque cuando un niño o un adolescente, con su mente en formación, consume horas y horas de un discurso que normaliza el desprecio, la desconfianza como inteligencia, y la venganza como justicia, está aprendiendo un modelo de relaciones. Está construyendo su idea del amor, del respeto y de la lealtad sobre unos cimientos envenenados. Le están enseñando que el cinismo es cool y que la ternura es una debilidad.
Y quiero aclarar algo importante: esto no es un ataque al reggaetón como género musical, ni a todos los cantantes. El reggaetón es un ritmo, una expresión cultural poderosa. El problema es un sistema musical industrial que, buscando el éxito rápido y masivo, estimula, produce y promociona ese tipo de letras porque sabe que son adictivas y polemizan. Es el sistema el que premia la toxicidad con visibilidad y contratos.Por eso, como sociedad, como padres, como maestros, debemos bailar con los pies, pero escuchar con la cabeza. Tenemos que dialogar con los jóvenes, preguntarles: «¿Tú qué crees de lo que dice esa canción?». No podemos permitir que el antídoto para un corazón roto que les vende esa máquina de hacer éxitos, sea, precisamente, envenenar para siempre su capacidad de confiar y de amar de forma sana.
Exijamos, consumamos y apoyemos al arte que, incluso al ritmo del dembow, tenga el valor de celebrar la sanidad, el respeto y la posibilidad real de querernos bien.
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