Hay cosas que, de tan absurdas, dan más pena que gracia. ¿Quién no ha pasado un día entero, o una semana, detrás de un directivo, una firma o un papel que nadie sabe dónde está? Parece mentira, pero ocurre de forma tan habitual que lo hemos normalizado, y hasta dado por vencido.
Y es que la burocracia se ha vuelto como un monstruo de varias cabezas. A veces vamos a hacer un trámite sencillo y nos encontramos con un laberinto de requisitos. Y al final, el que pierde es uno. Pierde el tiempo, pierde la paciencia, y a veces, hasta pierde la oportunidad de resolver un problema importante. Duele decirlo, pero en algunos centros, el «deme un momento» se convierte en «vuelva mañana», y ese mañana nunca llega.
El propio Estado Cubano ha reconocido que esto es un freno. Se habla de acabar con la ineficiencia. Pero mientras tanto, la gente sigue esperando. Esperando en una cola para pagar un servicio, esperando por en la oficina de trámites, o esperando por una simple planilla.
Y entonces, uno se pregunta: ¿Será que ya no nos duele perder un día entero por culpa de la burocracia?
¿hasta cuándo vamos a seguir dejando que corra el tiempo de nuestra vida en un mostrador?
Porque el papeleo no puede seguir siendo el que detiene la vida en este pueblo.
ojalá y pronto la agilidad no sea una excepción, sino la regla.
Pero para que este lamento se convierta en solución, tenemos que dejar de verlo como una fatalidad y empezar a verlo como un problema con solución.
A veces se dice que «no hay tecnología» o «no hay recursos» para agilizar los trámites. Pero la realidad es que la burocracia muchas veces sobrevive a pesar de la tecnología.
¿De qué sirve una computadora nueva si el proceso mental del directivo es el mismo de hace 50 años? Muchas veces digitalizan el caos: ahora no pierdes el día haciendo cola, sino esperando que un sistema online te dé una cita para dentro de tres meses. El verdadero cambio no es digitalizar el papel, sino eliminar la necesidad de esperar, esperar y esperar.
Al final, la lucha contra la burocracia no es una lucha contra los funcionarios. Es una lucha contra la mediocridad institucionalizada.

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