En San Antonio de Los Baños, donde el sol se cuela entre los manglares y la bruma del río Ariguanabo parece dibujar susurros sobre las calles, nació un niño con la tinta en las venas y el lápiz como compañero de juegos. René de la Nuez Robayna, el que llevaría su nombre a los carteles de la revolución y a los periódicos que marcaron una era, emergió del abrazo cálido de su pueblo para convertirse en una lámpara que iluminó los rincones más oscuros del poder y la prensa.

A los dieciséis años, mientras los sueños de un adolescente aún se aferraban a las paredes de su casa, René ya había dejado huellas en la revista *Páginas del Círculo*. Allí sus primeras caricaturas no eran simples trazos; eran microcosmos de una sociedad que se debatía entre la tradición y el inevitable cambio. Con cada viñeta para el *Vocero del Órgano Oficial* y el *Boletín Oficial de la Cámara de Comercio e Industriales*, el joven artista dibujaba al “Loquito” como un espejo que reflejaba las ironías del poder y las contradicciones del comercio.

Su talento floreció como un cactus en medio del desierto: resiliente ante cualquier desafío y siempre listo para sorprender con un giro inesperado. Cuando empezó a colaborar con el semanario humorístico *Zig‑Zag* en 1956, ya llevaba consigo una personalidad que combinaba la precisión periodística con la audacia del humor político.

En 1957 apareció “El Loquito”, una figura que se convirtió en símbolo de resistencia contra la dictadura de Fulgencio Batista. Con su sombrero ladeado y su mirada cómplice, El Loquito no solo ridiculizaba al régimen; también ofrecía una salida para quienes ansiaban libertad sin perder su ingenio propio. Ese personaje se transformó en una carta abierta a la opresión: cada risa era un grito silencioso que resonaba en los barrios y plazas cubanas. Paralelamente, René creó “Don Cizaño”, la encarnación caricaturesca de la prensa reaccionaria, como contrapartida al Loquito. Así se dibujó un duelo visual donde el humor se convirtió en arma política, donde las caricaturas eran balas sin pólvora, pero cargadas de significado.

Cuando el telón cayó sobre Batista y se alzó el sueño revolucionario en 1959, René no tardó en vestir su pluma con el nuevo color del cambio. Se convirtió en colaborador del periódico *Revolución*, y más tarde del *Granma*, dibujando diariamente las vicisitudes políticas que moldeaban el futuro cubano.

Entre 1961 y 1967 pintó escenas televisivas para el *Noticiero Nacional*, convirtiendo cada cuadro en una ventana abierta a los hogares cubanos donde se mezclaba información con crítica satírica. Entre sus obras más icónicas están “Mogollón”, “Negativo Compañero”, “Blandengo” y “Barbudo”. Este último personaje llegó a ser símbolo del pueblo cubano defensor de las conquistas revolucionarias y se imprimió como logo de la Bienal Internacional del Humor en San Antonio de Los Baños. Cada trazo suyo era una declaración: el humor no es mero entretenimiento; es un escudo que protege la dignidad frente a la injusticia.

La vida de René de la Nuez Robayna es una crónica viva escrita con tinta rebelde: empezó dibujando al pueblo bajo un cielo claro y terminó pintando sueños bajo un cielo lleno de estrellas cubanas. Su obra demuestra que cuando el humor se une al compromiso político, nace una fuerza capaz tanto de criticar como de curar. En cada viñeta quedó impresa una lección: el arte puede ser tanto espejo como refugio; puede ser tanto crítica como celebración; puede ser tanto herramienta, como herencia. Y así continúa su pluma desvanecida entre las páginas históricas, recordándonos siempre que incluso cuando los gobiernos caen o cambian, las voces creativas siguen tejiendo nuevos futuros desde las sombras hacia la luz.

Janet Pérez Rodríguez
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