El inicio de los cuartos de final de la Serie Nacional de Beisbol debería ser, por definición, la fiesta cumbre de nuestro pasatiempo nacional. Sin embargo, lo vivido este martes en la «Ciudad de los Parques» nos deja un sabor amargo que nada tiene que ver con el marcador. Es necesario poner sobre la mesa, con crudeza y sin ambages, la situación hostil que ha tenido que enfrentar el equipo de los Cazadores de Artemisa frente a un sector minoritario, pero agresivo, de la afición holguinera.
Es inadmisible que la pasión deportiva se degrade en violencia. Los reportes de aficionados en evidente estado de embriaguez, profiriendo no solo ofensas verbales, sino intentando amedrentar a nuestros atletas con bates y otros objetos a la entrada y salida del estadio, son una señal de alarma que las autoridades no pueden ignorar. El equipo visitante no es un enemigo de guerra; es un contrincante deportivo que merece las garantías mínimas de seguridad para desempeñar su labor.
Hacemos un llamado enérgico a las autoridades de Holguín y a la Comisión Nacional: la seguridad de los peloteros es sagrada. No se puede permitir que el consumo desmedido de alcohol empañe el espectáculo y ponga en riesgo la integridad física de quienes, al final del día, son los protagonistas del show. Si bien sabemos que esta actitud no representa al 90% de la noble y conocedora afición holguinera, ese 10% restante está logrando algo nefasto: manchar la imagen de su propia provincia y del beisbol cubano.
Desde Artemisa, la postura es clara y servirá de espejo: aquí, el equipo de Holguín —así como cualquier otro conjunto que nos visite— será recibido con la rivalidad lógica del terreno, pero con el respeto y la hospitalidad que nos distingue. La agresividad no tiene cabida en nuestro estadio. Queremos ganarle al rival con pelotas y bates en el diamante, no con amenazas en las gradas.
A pesar de estos incidentes, el beisbol sigue teniendo la fuerza para unirnos. Que esta serie entre Holguín y Artemisa se recuerde por el fildeo imposible, el batazo oportuno y el rugido de una grada que sabe premiar el talento ajeno. Apostemos por un estadio que sea escuela para nuestros hijos y orgullo para nuestra nación. Que gane el mejor en el terreno, y que fuera de él, gane siempre la civilidad. El beisbol es familia; cuidémoslo entre todos.
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