Hubo un tiempo, oscuro y opresivo, en que Cuba gemía bajo el yugo del despotismo y la esclavitud. Las cadenas de la dominación parecían inquebrantables, y la propia identidad de la isla se diluía entre peninsulares y el incesante fluir de africanos esclavizados. En este panorama desolador, donde la esperanza era un bien escaso, emergió una figura profética, un hombre que se atrevió a soñar con un futuro de libertad e igualdad: el presbítero Félix Varela.
Varela no era un hombre de su tiempo; era un visionario que vislumbraba la Cuba que aún no existía, una nación soberana y dueña de su destino. En una época en que los propios cubanos no éramos mayoría en nuestra tierra, él imaginó una patria independiente, un ideal que para muchos parecía una quimera inalcanzable.
Con la firme convicción de que «Hacer lo que debe hacerse» era el camino, Varela se dedicó a la titánica tarea de forjar conciencias, de sembrar en el alma cubana la semilla del pensamiento crítico y el amor por la patria. Su legado perduraría, hallando en José de la Luz y Caballero, uno de sus discípulos más brillantes, a un digno continuador de su obra.
Algunos, con una visión simplista, le achacaron una supuesta falta de radicalismo, criticando su prudencia ante conspiraciones específicas. Sin embargo, Varela poseía una profunda comprensión de la compleja realidad de su época. Sabía, y así lo expresó en múltiples ocasiones, que la independencia de Cuba era una marea inevitable, pero también comprendía que a mediados del siglo XIX, las condiciones para tal gesta aún no estaban dadas.
«Si usted llama revolucionario a todo aquel que trabaja por alterar un orden de cosas contrario al bien del pueblo», sentenció en una de sus célebres intervenciones, «yo me glorio de contarme entre esos revolucionarios». Su labor, como él mismo la describió con metáfora elocuente, fue la de «chapear» el terreno, preparar el campo para que otros, con herramientas más afiladas y la destreza adquirida, continuaran la ardua labor.
Serían sus discípulos y las generaciones venideras quienes, armados con ese «machete mejor» en 1868, blandirían la espada de la independencia en una isla donde los cubanos, de todas las razas y condiciones, ya conformaban la mayoría de la población.
Gaspar Jorge García Galló, un veterano militante comunista, lo definió con justicia como «el primer combatiente por la escuela y la Patria». En el ámbito pedagógico, Varela no solo revolucionó las aulas introduciendo experimentos de laboratorio en las ciencias, sino que abogó por una enseñanza que priorizara el análisis y el convencimiento, relegando la mera memorización a un segundo plano.
«La naturaleza es el verdadero maestro del hombre», afirmaba, promoviendo un método de enseñanza que partía de la observación de la realidad inmediata. A los alumnos les enseñaba «primero a pensar», a analizar y planificar antes de actuar. Al impartir Filosofía, advertía sobre la inutilidad de las abstracciones sin ejemplos concretos de la vida diaria, pues solo así los conceptos se interiorizarían y serían aplicables.
Con una lucidez asombrosa, Varela defendía la brevedad y claridad en los textos educativos para los más jóvenes, rechazando los tecnicismos innecesarios que entorpecían la comprensión. «Hablemos en el lenguaje de los niños y ellos nos entenderán», clamaba, desmintiendo la errónea creencia de que los pequeños eran incapaces de concebir ideas complejas. «Si conducimos a un niño por los pasos que la naturaleza indica, veremos que sus primeras ideas no son numerosas, pero sí tan exactas como las del filósofo más profundo».
El historiador Eduardo Torres Cuevas, en un brillante juego de palabras, acierta al afirmar que Varela fue «el primero que nos enseñó a pensar en la Patria… Es el primero que introduce una lección dedicada al patriotismo o a los deberes del hombre con la Patria».
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