La mañana del 9 de enero de 1992 se rasgó en Tarará con el eco sordo de las balas y el grito de alarma. El idílico litoral este de La Habana se vio de pronto sacudido por un estallido de violencia que helaría la sangre y marcaría a fuego el espíritu de una nación. Agentes de la Policía Nacional Revolucionaria, movilizados con urgencia, se encontraron ante una escena que desdibujaba los límites de lo concebible. Un sargento herido, atendido con premura por trabajadores de la salud, murmuraba con desesperación: «Fue el violador, el violador», refiriéndose a un exempleado expulsado semanas atrás por un acto de barbarie.

Lo que siguió fue un desgarro en la realidad. La garita, antes un punto de vigilancia, yacía destrozada. Cristales hechos añicos, casquillos de AKM y Makarov regados como cenizas de un horror inacabado. Objetos cotidianos –una máquina de escribir, un televisor, una radio– parecían espectros inertes en medio de la macabra escenografía. Y allí, tendido en el umbral, el sargento Yuri Gómez, nueve impactos de bala, la mayoría cobardemente asestados tras el golpe mortal en la cabeza. A su lado, dos guardias más, también víctimas de la crueldad: el guardafronteras Orosmán Dueñas, brutalmente apuñalado en el cuello, y el CVP Rafael Guevara, con el abdomen desgarrado por el filo de un arma blanca.

El sargento Rolando Pérez Quintosa, al escuchar la balacera, acudió al rescate de sus compañeros. Se enfrentó a siete asaltantes, liderados por el infame violador. Cayó tras cuatro disparos, creído muerto por sus verdugos. Su intención era huir del país, perseguir el esquivo «sueño americano» bajo la Ley de Ajuste Cubano. Sin embargo, el destino les negó la fuga. Todas las embarcaciones estaban inutilizadas. Su plan, desesperado y efímero, se estrelló contra la fría realidad. Incapaces de escapar, regresaron a la garita, sedientos de silencio, con la intención de no dejar testigos. Pero la rápida acción coordinada de los combatientes y el pueblo no les dio tregua. El septeto homicida fue capturado y enfrentó la justicia revolucionaria.

En el hospital naval, los esfuerzos por salvar a Pérez Quintosa fueron titánicos. Perforaciones intestinales y una peritonitis aguda lo habían sumido en un estado crítico. A pesar de los mejores antibióticos y la solidaridad internacional que logró enviar la vacuna antiendotoxina, esquivando el bloqueo y el riesgo de represalias, la infección generalizada cobró su tributo. El 16 de febrero de 1992, Rolando Pérez Quintosa falleció. En su despedida, Fidel resumió el sentir de una nación: «La historia de Rolando es la historia de nuestra magnífica juventud, es la historia de nuestra Revolución». Un legado de valentía y sacrificio, grabado a fuego en la memoria de Tarará y de Cuba.

Janet Pérez Rodríguez
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