El sol de abril se asoma con una luz que parece querer iluminarlo todo, pero hoy, esa luz tiene un matiz especial. No es solo un día más en el calendario; es el día en que el mundo se detiene un poco para intentar mirar a través de otros ojos.
Caminar por las calles hoy es encontrarse con destellos azules, pero el verdadero cambio no está en los lazos o en los edificios iluminados, sino en el silencio que se vuelve escucha y en la prisa que se transforma en paciencia. En una esquina, un niño observa intensamente el giro de una rueda, fascinado por una geometría que el resto solemos ignorar. Su madre lo mira y sonríe; ella sabe que su hijo no está «perdido» en su mundo, sino que está viviendo el nuestro con una intensidad y una pureza que a veces nos da envidia.
El autismo no es un muro, es un paisaje diferente. A lo largo del día, las conversaciones en las plazas y en las redes nos recuerdan que la inclusión no es un favor que hacemos, sino un acto de justicia. Comprendemos que esa forma única de procesar un sonido, de evitar una mirada o de celebrar un logro que para otros sería «pequeño», son en realidad las piezas de un rompecabezas infinito.
Al caer la tarde, queda una certeza flotando en el aire: no necesitamos «curar» la diversidad, necesitamos sanar nuestra incapacidad de aceptarla. Cada persona que hoy decidió abrazar la neurodiversidad con amor ha puesto una pieza fundamental. Porque, al final del día, entendemos que aunque cada pieza tenga una forma extraña o distinta, es precisamente esa diferencia la que permite que el cuadro de la humanidad esté completo y sea, sencillamente, maravilloso.
Miralys Mirabal Arguez
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