Cada 18 de febrero, Cuba celebra el Día del Instructor de Arte. La fecha nos lleva directo al año 1945, al habanero municipio de San Miguel del Padrón, donde nació Olga Alonso González. Instructora de teatro. Joven de las que no se quedaban quietas.

Fue de las primeras en responder al llamado de Fidel Castro. «Estudien arte», dijo el Comandante, «y luego vayan a los lugares más intrincados del país a enseñar». Y Olga fue. Y con ella, una legión.

Hoy, esa legión se llama Brigada de Instructores de Arte José Martí. Y del 10 al 18 de febrero, han desatado una jornada de júbilo que no es solo celebración, sino también acicate, ese estímulo que nos recuerda por qué hacemos lo que hacemos.

Ellos, los instructores, están en todas partes, están donde tienen que estar. En las casas de cultura, en las comunidades más humildes, en los barrios, en las instituciones donde residen personas en situación de vulnerabilidad. Porque la cultura, cuando es de verdad, no se queda en la taquilla ni espera en el mostrador. La cultura va y toca la puerta.

Ser instructor de arte en Cuba no es solo saber de teatro, danza, música o plástica. Es entender que el arte es una herramienta de transformación. Es llegar a un lugar y preguntar: «¿Y ustedes qué quieren contar? ¿Cómo lo quieren contar?» Y entonces, enseñarles a hacerlo.

Olga Alonso murió joven, en un accidente de tránsito, yendo hacia una comunidad. Pero su luz no se apagó. Se multiplicó en cada joven que empuña un pincel, en cada niño que aprende un paso de baile, en cada abuelo que redescubre su voz en un taller de narración oral.

Por eso, cada 18 de febrero, más que un aniversario, es un reencuentro. Con la memoria de Olga. Con la esencia de Fidel. Y con esa certeza de que, en cualquier rincón de la Isla, hay un instructor de arte sembrando futuro.

Shakira Mesa
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